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Roger Milla

El relato del futbolista que salió del retiro para hacer historia en los mundiales creando momentos icónicos en Italia 1990 con Camerún.

La maravillosa historia del anciano sentado

Hasta el Mundial de Italia 90, la participación del fútbol africano en las Copas del Mundo siempre estuvo protagonizada por la falta de rigor táctico y la escasa personalidad competitiva. Egipto fue el primer representante africano en un Mundial, en 1934, y no hubo otro equipo del continente hasta la selección de Marruecos, en 1970. A partir de ahí, la presencia africana se hizo más constante, con selecciones como Zaire (1974), Túnez (1978), Argelia (1982), Camerún (1982) y Marruecos (1986). Precisamente Los Leones del Atlas tuvieron en México la actuación más destacada hasta esa fecha, pues se convirtieron en el primer equipo africano en superar la fase de grupos. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó en el 90 con Camerún como protagonista, que logró llegar hasta los cuartos de final, estableciendo un nuevo estándar para el fútbol africano. Pero mucho más allá de este dato, en aquella Copa del Mundo se asentó para siempre, en el imaginario colectivo futbolístico mundial, la figura de un futbolista hasta entonces desconocido para el gran público: Albert Roger Mooh Miller en la ficha federativa, Roger Milla, desde aquel verano, en el corazón de los románticos del fútbol.

A finales de los años 80, el fútbol africano seguía siendo una incógnita para los clubs de Europa, pues se cuentan con los dedos de las manos aquellos equipos que repararon en el talento del continente sureño. Entre las excepciones, Roger Milla. Nacido en 1952 en Yaundé, la segunda ciudad más poblada del país, su instinto goleador en el Tonerre FC, equipo de su localidad natal, lo llevó a la liga francesa, donde inició un periplo por 6 equipos en 12 años. A pesar de su regularidad goleadora, nunca alcanzó el estatus de estrella en el país galo. En 1989, decide retirarse. O eso parecía.

«Un anciano sentado ve más lejos que un joven de pie» – Proverbio camerunés.

Con las botas ya colgadas, y disfrutando con su familia en la apacible Isla Reunión, sonó el teléfono en casa de los Milla. Al otro lado de la línea, el presidente de Camerún. La selección, que había logrado la clasificación el octubre anterior, presentaba un equipo con «toque» pero ciertamente inexperto, con solo tres jugadores militando en ligas extranjeras y liderada por un entrenador ruso de carrera tan desconocida como su nombre, Nepomnyaschy. Por todo ello, al máximo mandatario camerunés le pareció buena idea rogarle un último servicio a un jugador retirado de 38 años. Milla aceptó el desafío. En unas semanas, inscribiría para siempre su nombre en la historia del fútbol.

El sorteo no fue benévolo con Camerún: compartiría grupo con la Argentina de Maradona, que ya era un Dios en Nápoles, la peligrosa Rumanía y la siempre impredecible Unión Soviética. Nadie daba una lira por los ‘Leones Indomables’. 

En el primer partido, Camerún se enfrentaba en Milán a la campeona del mundo.  La selección albiceleste se presentaba a la fiesta inaugural esbozando una sonrisa y solo el terco de Bilardo advirtió lo que podía pasar: 0-1 para los africanos en el Giuseppe Meazza.  El siguiente desafío sería Rumanía, y fue en ese encuentro donde Milla, que partió como suplente, empezó a tejer su leyenda. Anotó dos goles con una astucia que solo se había visto en sus años de delantero en Montpellier. Roger contagió su alegría al mundo bailando junto al banderín de córner, unos pasos que se volverían icónicos e inolvidables. Camerún se clasificó a octavos y el planeta futbolístico empezó a prestar atención por primera vez a un combinado africano.

En la siguiente fase, esperaba Colombia, con un equipo sólido y un portero de espíritu libre: René Higuita. De nuevo, Milla salió desde el banquillo en la prórroga y anotó el primer gol de manera magistral. Pero la imagen que más se ha rebobinado en los VHS de la época llegó minutos después. Higuita, confiado en su habilidad con los pies, intentó una filigrana arriesgada fuera del área. Milla, con la inteligencia de un viejo sabio, leyó la jugada, le robó el etrusco y marcó a puerta vacía. Camerún avanzaba a cuartos de final y ya no solo África bancaba a los leones.

Inglaterra terminó con el sueño camerunés en la siguiente ronda pero Roger Milla, el anciano sentado que nadie esperaba, no solo se había convertido en sinónimo de alegría y descaro futbolístico, sino que además señalaba el camino a futuras candidaturas africanas que pretendían hacerse con un sitio en la élite.

Treinta y cuatro años después, la canción de Roger en el córner sigue sonando. Cada vez que un niño imita una celebración de Cristiano o MBappé, hay un adulto mirando a lo lejos, agitando la cabeza mientras escucha el «shiuuu»  y pensando que cualquier fútbol pasado fue mejor.

Fotografía | Alain Landrain

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