El maestro
Recuerdo las tardes de mis 7 y 8 años con partidos de baloncesto por la tele, Delibasic era el crack. Un Dios yugoslavo, impertérrito y elegantísimo, que parecía flotar por las canchas. Un cisne que todo lo hacía fácil con el balón, cuyos pases fluían y convertían en fenómenos a sus compañeros, incluso a Romay. Los tiros de este bailarín, de este calmado esteta, rara vez no entraban para desesperación de sus esforzados defensores. A menudo parecía que se tratara de un hombre, un maestro, jugando contra torpones y grandotes chiquillos que asumían ser sus alumnos. Los recuerdos de infancia son ráfagas y sensaciones, el tiempo quizás los mitifica pero no debo equivocarme mucho pues siempre he escuchado a quienes le conocieron referirse a Mirza como un tipo inolvidable y singular, especial dentro y fuera de las canchas. Como un superclase de los aros y un filósofo, amable y muy vivido, que dejó huella durante el par de temporadas que pasó en el Real Madrid. Un ángel. Parece ser que Lolo, Corbalán, Itu, Epi, Romay y demás no fueron los únicos. Con un sempiterno pitillo en la boca, este Séneca bosnio dejó su impronta en quienes le conocieron. Años después lideró con su ejemplo a toda una nación pues sufrió con ellos una de las guerras más criminales y vergonzosas de finales del siglo XX. La deplorable actitud de Europa y EEUU en los Balcanes pasaría a la historia si no fuese porque durante el siglo XXI parece que no se comportan mejor. Por suerte ahí está el legado de este superdotado de la canasta para que jamás olvidemos que el valor, el coraje y la fraternidad son imprescindibles. Que nadie es mejor ni más que nadie y que la nobleza y la bondad son los únicos caminos a seguir para todos los que habitamos este pequeño mundo.
Fotografía | Shooting for Mirza


Este tipo era un esteta del baloncesto, lástima su final.