Como el estadio, pero con barra
En el verano de 1950 abrieron un bar en la madrileña plaza de Olavide. El establecimiento no era nada del otro jueves: una larga barra de acero ocupaba de una esquina a otra el local, las paredes estaban forradas de listones de aglomerado que, perfectamente barnizados, le daban un aspecto de madera entre noble y cutre. Un tirador de cerveza, un gran reloj en el centro, una plancha en el lado izquierdo, que era toda la cocina, y poco más completaba el local. También había una preciosa y enorme radio que se hizo muy popular entre la clientela pues, en las madrugadas de ese junio y julio de mitad del siglo XX, los vecinos más forofos y trasnochadores bajaban a escuchar los partidos del mundial que se celebraba aquellos días en Brasil. Había ganas de fútbol entre selecciones nacionales tras haberse suspendido las dos ediciones anteriores por la II Guerra Mundial. Además, era la primera vez que Inglaterra, los inventores del balompié, participaba en este torneo global.
Sería por lo exótico del nombre o quizás por el partidazo de la selección española, el equipo de la furia que capitaneaba Piru Gainza, contra la Inglaterra del famoso Stanley Mathews o, a lo mejor, por las espectaculares intervenciones del cancerbero culé Ramallets en ese disputado encuentro que ahí se celebró, pero lo cierto es que los diez o doce habituales de esa velada radiofónica convencieron a su dueño para que bautizara al nuevo bar como Maracaná. Y es que el enfrentamiento, en el que era por entonces el estadio más grande del mundo, entre Inglaterra y España tuvo a los tres minutos de la segunda parte una acción que pasaría a la historia. Telmo Zarra Onandía, el delantero centro del Athletic de Bilbao (Atlético de Bilbao por esos días), recibió un centro perfecto de su capitán y paisano y superó al portero Bert Williams con un suave toque que todos los radioyentes de ese bareto de Olavide vieron perfectamente gracias a la narración de Matías Prats. Ganó la roja por 1–0 , se clasificó contra todo pronóstico para la liguilla final y quedó cuarta en ese Mundial. Tras esta victoria, el presidente de la Federación Española, Armando Muñoz Calero, le envió un telegrama a Franco con la famosa frase: «Excelencia, hemos vencido a la pérfida Albión». Cosas de la época.
El estadio de Maracaná albergó hasta ocho encuentros de aquella Copa Mundial del verano de 1950. Se recuerda principalmente el partido decisivo de la fase final entre Brasil y Uruguay que batió el registro de asistencia a un campo de fútbol, 199.800 personas. Una cifra jamás superada y que, junto a lo que sucedió aquel día, seguramente fue un motivo más por el que el bar de Olavide se bautizó con tan exótico nombre.
El combinado brasileño sólo tenía que empatar ese encuentro para llevarse el título. Eran los favoritos por jugar en casa y además habían arrasado por goleada en los partidos anteriores frente a España y Suecia con un juego de ataque espectacular. Los charrúas también tenían opciones de conquistar la Copa Jules Rimet, pero solo les valía el triunfo. Un milagroso empate a dos en el último minuto frente a España, gracias a un gol de su capitán, Obdulio Varela, les permitía albergar alguna esperanza.
Esta finalísima comenzó con una clase de fútbol a cargo del equipo local, todo un baño a los uruguayos que mantuvieron su portería a cero durante la primera parte gracias a las paradas de su guardameta, Gastón Máspoli. El fútbol samba de la escuadra verde amarelha parecía imparable para los albicelestes y, nada más comenzar el segundo tiempo, el delantero Friaça abrió el marcador con un gol que hizo retumbar Maracaná por la algarabía de las 200.000 almas allí congregadas. Solo las protestas del capitán uruguayo al árbitro por un imposible fuera de juego que anulara el tanto apalancaron un poco el brío de un Brasil que estaba decidido a rematar el partido en ese momento. La intención del Negro Varela era cortarles el ritmo a los brasileños, aplacar su espíritu y a fe que lo consiguió. Ya estaba todo dispuesto para las celebraciones cuando, en el minuto 66, el extremo Alcides Ghiggia escapó por la derecha, amagó el tiro a puerta y dobló un pase al medio del área donde Juan Alberto Schiaffino disparó solo y marcó un golazo que enumudeció Maracaná. En el minuto 79, otro ataque mano a mano entre Ghiggia y, esta vez, Julio Pérez por la banda derecha terminó con un tiro raso del rapidísmo extremo uruguayo del bigotillo. Gighia batió a Moacir Barbosa, quien nunca superaría lo que se consideró una cantada, y Uruguay se llevó esa Copa del Mundo de Brasil de 1950, para siempre recordada por este partido popularmente llamado el «Maracanazo».
Ocurrió hace más de 70 años en el Bar-Cervecería «Maracaná» de Olavide. Era de largo el más decadente de toda la plaza y el peor atendido. Sus últimos años quedaban los aglomerados cutres y la barra, pero ni rastro alguno de la enorme radio. Mis amigos siempre se me enfadan cuando quedaba ahí con ellos y les esperaba con un café con leche en su terraza mientras me leía la prensa. A mi me gustaba. Es una chorrada, pero estaba bien pensar en esa gente de un barrio popular y hoy algo pijo que no dormía para ver, es decir, imaginar, con la ayuda de la radio los partidos, que lo imposible a veces ocurre, que lo global no empezó con internet y que, en el fondo, nos encantan las historias, las hazañas y no hemos cambiado tanto.


Mítico bar. No sabía el origen de su nombre.