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Don Quijote custodia la cancha

El hidalgo Don Quijote es espectador de lujo de una cancha de Zaragoza donde los niños sueñan con representar al club de su ciudad.

Parada del ilustre hidalgo en Zaragoza

En un lugar de Zaragoza, de cuyo nombre no puedo acordarme, no hace mucho tiempo que paró un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. El caballero, de nombre Alonso Quijano, había dejado atrás La Mancha para recalar en la fachada de una cancha de la capital de Aragón en uno de sus barrios más humildes. El relato no es de Miguel de Cervantes ya que el Don Quijote de la Mancha que él escribió no llegó a pisar Zaragoza, si no que la rodeó para evitar ser confundido con el Quijote de Avellaneda, su enemigo literario y protagonista del libro escrito por Alonso Fernández de Avellaneda.

En las aventuras originales, don Quijote y Sancho deambulan por tierras que se presuponen comarcanas de Zaragoza e incluso naufragan en el Ebro pero posteriormente se desvían hacía Cataluña para acabar en Barcelona. El hidalgo y su fiel escudero no conocieron aquella población que rondaba los 25.000 habitante con grandes tintes religiosos donde predominaban los conventos, iglesias y capillas. Si hubiese llegado a pisar la localidad aragonesa seguro que se hubiera alojado en la Cofradía de San Jorge, la cual conservaba las costumbres caballerescas medievales con la celebración de justas y torneos para conmemorar a su patrón.

Nuestro Quijote, rodillo de pintura en mano como si fuera una lanza, si conoce la ciudad multicultural que es hoy en día y habita en una cancha donde observa a los niños que juegan y sueñan con llegar a representar al equipo de su ciudad, ese que en los últimos años vive a la deriva de la segunda división lejos de aquellas noches gloriosas de Recopa donde derrotaba a los ingleses del Arsenal. Ahora sus molinos son los del Albacete con los que se bate en la categoría de plata del fútbol español y su fiel amigo Sancho es esa afición que tantas veces lo ha acompañado en volandas primero en Torrero y después en la Romareda. Ambos estadios han vibrado con los goles de Juan Seminario que anotó 25 en la temporada 1961/1962 convirtiéndose en pichichi y el único zaragocista de la historia en conseguirlo. También para el recuerdo es la etapa de Los Magníficos con la delantera formada por Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra que llegaron a alzar dos Copas del Rey y una Copa de Ferias. Menos glorioso en cuanto a títulos, pero con una huella imborrable, es el conjunto dirigido por Luis Cid «Carriega» denominado como Los Zaraguayos por la cantidad de paraguayos y uruguayos que tenían en plantilla con «Cacho» Blanco, Soto, «Lobo» Diarte, Ocampos y «Nino» Arrúa, este último el líder del equipo y uno de los mejores jugadores de América.

Conocido ha sido también el idilio del equipo maño con la Copa del Rey que siempre traía un trofeo a sus vitrinas. En 1986 con el gol de Rubén Sosa que sirvió para derrotar al Barcelona por 0-1 en el Vicente Calderón, ese escenario en el que Pardeza levantó el trofeo en 1994 tras vencer al Celta de Vigo en los penaltis, mismo rival al que vencieron en 2001 en la Cartuja por 1-3 con los goles de Xavi Aguado, Paulo Jamelli y Yordi. La última noche gloriosa de copa fue en el estadio Olímpico Lluís Companys donde ante 54.000 espectadores vencieron al Real Madrid de Los Galácticos por 2-3 con goles de Dani, un joven David Villa y un zapatazo desde fuera del área de Luciano Galleti en el minuto 110 que desató la locura. Ese mismo año consiguieron su último gran triunfo, la Supercopa de España contra el Valencia.

Los tiempos de gloria volverán al Real Zaragoza tarde o temprano, pero que pensará el idealista don Quijote del fútbol de ahora cargado de botas de colores, jugadores de diseño, estadios a los que se va a hacer turismo en vez de ver un partido y clubes que parecen marcas comerciales en vez de equipos. Él mientras tanto pinta molinos en la fachada de una cancha mientras disfruta del fútbol callejero, ese que nunca perderá su esencia.

«La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra»

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha (Capítulo VIII)

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