Lecciones del balompié
¿Es un problema asociar automáticamente ‘esférico’ a una bola redonda y parcheada con cuero? ¿Pensar en el pase de Guti o De la Peña cuando escucho escuadra y cartabón? ¿Saber desde niño que ‘malla’ es sinónimo de red sin apenas haber abierto un libro de Lengua? Según mi madre, sí.
Para ella, como para muchos, es una enfermedad que no mata pero que atrapa para (cito textualmente) “ver cómo once tíos en pantalón corto dan patadas a un balón”. De su cruzada contra el fútbol, aún efervescente más de tres décadas después, he aprendido filosofía, ya que a ella le escuché parafrasear a Karl Marx y tachar al deporte rey del hogar como “el opio del pueblo”. Bendita droga didáctica.
Allá por el año 97, sin haber empezado el colegio, supe lo que era una parábola. El profesor fue Roberto Carlos con un zapatazo desde 35 metros frente a Francia que alcanzó los 100 kilómetros por hora y que ejemplificó el conocido “Efecto Magnus”, por el cual, tras un experimento realizado por científicos, se descubrió que la trayectoria de una esfera que gira es una espiral. No es el único ejemplo de la física aplicada al fútbol. Y si no, que se lo digan a Sergio Ramos, pregunta de examen universitario por su famoso penalti errado frente al Bayern de Múnich.
Volviendo a finales de los 90, desde el cálido suelo de madera de mi casa, el televisor que retransmitía el Mundial del 98 me impartió las primeras lecciones de geografía. Resulta que en una zona llamada Yugoslavia se peleaban por motivos políticos. Suker, Boban y Jarni, estrenando la mítica camiseta arlequinada de Croacia, me ubicaron en el mapa toda aquella región.
Quizás tendría más problemas si me preguntaran cuántos países atraviesan la cordillera de los Cárpatos. No obstante, sí respondería con seguridad que Rumanía es uno de ellos, ya que de allí salió Gica Hagi, “el Maradona de los Cárpatos”, valga la redundancia.
También durante ese torneo asimilé el concepto de diversidad. Entendí que los movimientos migratorios influyen en todos los ámbitos, incluido en el deporte, donde nuestra vecina aunaba razas y culturas variopintas; los Barthez y Blanc compartiendo vestuario con Desailly y Thuram y liderados por lo que dictaba la imaginación de un franco-argelino de nombre Zinedine Yazid y de apellido, Zidane.
Historia, política, colonización… ¿Tipos rubios y pálidos como Koeman, Bergkamp, Van Basten o los De Boer se visten con la misma elástica naranja que mulatos y negros como Gullit, Rijkaard, Hasselbaink, Davids o Seedorf? La respuesta, afirmativa, y su correspondiente e interesante explicación está en Surinam, ese mínimo territorio al otro lado del Atlántico.
Nunca he sido especialmente cinéfilo y tardé años en ver uno de los clásicos del cine como Casablanca, pero gracias a Andrés Montes en referencia a Xavi Hernández supe desde joven quién era Humphrey Bogart y reconocí su famoso “tócala otra vez, Sam”.
Tampoco soy amante de la música clásica y menos conocimiento tengo aún de su historia. Sin embargo, por la rivalidad Messi-Cristiano profundicé en Mozart y su “archirrival” Salieri, de inmenso talento y menor repercusión por ser contemporáneo del, para muchos, mejor compositor de la historia.
Y hablando de música y fútbol, no me avergüenzo en reconocer que mentalmente asocio Liverpool con el You’ll never walk alone entonado por Anfield antes que con los Beatles. Lo siento, pero para mí, melómanos, Gerrard va por delante de John Lennon. Igual que los Gallagher, que primero son fervientes y excéntricos citizens y, después, son Oasis. Y ahora, por supuesto, escucho Hey Jude y me viene a la cabeza un joven mulato de la industrial Birmingham y no la ribera del río Mersey.
Aprender idiomas es otra de las lecciones que me ha enseñado el fútbol y que mi madre no ha sabido valorar. Seguramente, fui precoz en saber que córner significa ‘esquina’ en inglés y que fútbol, ahora castellanizado, viene de football, o sea, balompié. Aprendí que se dice offside y no orsay, lo qué es un tackle o que ‘alirón’ procede de all iron, en referencia al hierro. Y es que a la industrialización y a las ordas inglesas que venían a España a inicios del S.XX para trabajar les debemos, además de este maravilloso deporte, un vocablo tan reconocible.
La tabla de valencias me costó horrores en su día. Soy de letras, pero quizás esa excusa tan simple y las horas invertidas en Inter, Milán y Juventus explican por qué entendí antes calcio en italiano que en castellano.
Incluso, aunque jamás seré ni diré que soy políglota, toco algo de alemán. En un examen marcaría, sin duda, la casilla de ‘equipo’ a la pregunta ‘qué significa ‘Mannschaft‘ tras visualizar a Matthäus, Kroos, Müller o Kahn y tantos otros germanos.
Es más, al fútbol le debo la suerte de comprender idiomas que se hablan en toda España. O noso derbi galego, txapeldun, Camp Nou… Nombres, expresiones, frases populares o palabras totalmente adoptadas por el vocabulario de este deporte. Y eso por no hablar de cómo identificamos clubes y colores en estas lenguas: blaugrana, txuri-urdin, bermellones, groguets… Toda una pizarra cromática en la que aparecen idiomas y de toda nuestra cultura.
Justo “pizarra” creo que es un buen término con el que concluir. Su definición más literal hace referencia al mineral y a esos tableros sobre los que el maestro dibuja con tiza. Pero ¿de qué maestro hablamos?¿Del que escribe en ella la lista de deberes para el día siguiente?¿O del que traza líneas y equis indicando el espacio dónde tiene que ir el balón o la carrera del extremo? En mi caso, la respuesta es clara. Y para mi madre también: “Hijo, estás enfermo”.
Fotografía | Markus Spiske


¡¡Bendita enfermedad hijo!!
No se tiene nada en cuenta lo que el fútbol nos ha enseñado a todos los amantes de este deporte y este artículo lo representa.