El futbolista que quise ser
¡Vamos Beckenbauer! me gritó mi padre desde la grada para animarme cuando me desempeñaba a temprana edad como líbero en el equipo de mi pueblo. Desconocía qué significa esa palabra tan larga y rara de pronunciar. Cuando terminó el partido le pregunté sobre su arenga y me comentó que era el apellido del mejor defensa de la historia. La mística en torno al jugador fue creciendo ya que no lo había visto nunca, más si cabe, al saber que compartíamos el dorsal número 5. El tipo también jugaba de líbero, un defensa que carecía de obligaciones defensivas cuando su equipo atacaba para sumarse al centro del campo en funciones de construcción del juego. Esta posición es una rara avis en el fútbol actual pero proliferaba entre los años 60 y 80. Se le conocía como el Káiser, título alemán equivalente a emperador. Todavía no lo había visto en un terreno de juego y la expectación era grande por ver como le daba al balón el bueno de Franz. Los primeros recuerdos que tengo de él son de una colección de DVDs sobre fútbol que enfrentaban a los mejores jugadores de la historia entre sí, en este caso era el mundial de 1974 y su rival Johan Cruyff. Alemania acabó ganando la copa del mundo y Beckenbauer levantó el trofeo como capitán. Posteriormente leí que esa selección de Alemania Federal, que fue derrotada por la débil Alemania Occidental en esa edición en fase de grupos, estaba gestionada por el propio Beckenbauer, que tomó las riendas del equipo fuera y dentro del campo ante el mal arranque en la competición. Ya iba entendiendo por donde iba eso de Káiser. Era elegante sobre el campo con un juego sencillo pero efectivo, y un ganador. Levantó Copas de Europa, Ligas, Copas, Mundial, Eurocopa… en definitiva, los grandes trofeos del mundo del fútbol, casi todos como capitán, incluidos dos Balones de Oro antes de convertirse en uno de los primeros jugadores en hacer las américas para jugar en el New York Cosmos. Lo que mi mente había generado en expectativas alrededor de este jugador se acabó plasmando en imágenes a lo largo de todos estos años: el saque de balón desde atrás impoluto, sus llegadas letales al área contraria, los zapatazos que acababan en la escuadra rival, el liderazgo sobre el terreno de juego, el pundonor de haber jugado el partido del siglo con un brazo en cabestrillo y ese aura de rockstar sobrio en sus últimos años en América. Franz Beckenbauer, un jugador que no pude vivir pero el futbolista que quise ser.
Fotografía | Getty Images


Pedazo de central