Deporte

Carta a Roger Federer

Hablar de Federer es hacerlo de una leyenda del tenis que no solo ganaba, sino que embellecía los triunfos a través de un juego exquisito.

Estimada leyenda de a pie

Mi historia con Roger fue de odio/amor. Los medios de comunicación siempre tiran para el deportista patrio, en aquel momento a mediados de los años 2000 emergía el gran Rafael Nadal, y como buen chaval ingenuo influenciado veía al bueno de Federer como el villano perfecto. La potencia del brazo izquierdo de Nadal para acabar con el «hombre normal» que ya empezaba a coleccionar títulos a ritmo de récord. Quería que ese tío perdiese no solo contra cualquier jugador español si no ante cualquier tenista y en cualquier torneo aunque fuera en una exhibición. No me pregunten por qué, quizás el anteriormente mencionado periodismo exacerbado que empuja a apoyar cualquier causa nacional. Por suerte a lo largo de los años he sabido valorar a los deportistas sin importancia de la nacionalidad. Cómo no apreciar a un tío que convertía cualquier golpeo en algo bello, que flotaba sobre la pista y al que el esfuerzo no se le notaba ni en un ápice de sudor. La belleza de la sencillez hecha tenista en su juego y apariencia. Parece que nació para triunfar en Wimbledon, ese templo del tenis purista y exquisito, pero en sus inicios su fuerte carácter se escapaba por los poros y ni la ropa holgada que vestía en aquel tiempo podía contener. Roger, con ayuda de su esposa Mirka, se refinó hasta convertirse en el gentleman de hoy día. No solo hizo historia en Wimbledon donde levantó ocho copas doradas, tenista masculino con más títulos en el All England, si no que acabó conquistando Roland Garros, el Abierto de Australia y el Open de Estados Unidos, los cuatro majors, para sumar un total de 20 grand slams y entrar en el olimpo del tenis. Más valor tiene haber logrado todo esto siendo ese «hombre normal» que viajaba con su familia a los torneos, que desayunaba gofres con mermelada antes de una final, que no hacía histrionismos dentro de la pista y que en definitiva se comportaba como una persona de a pie a pesar de ser una leyenda del tenis que no tiene que mirar su cuenta corriente. Con el paso del tiempo me he sentido más identificado, salvando las distancias tenísticas y monetarias, con ese suizo normal de pelo en pecho y constitución atlética no abusiva que en los brazos portentosos y cuerpo depilado de Rafa Nadal. Cuestión de gustos simplemente. Solo pude verle pelotear en vivo mientras entrenaba en las pistas anexas a la Caja Mágica donde disfruté de cerca de sus golpes aunque fueran en tono amistoso. Claro está que hubiese pagado una buena cantidad por una entrada o cambiaría otras experiencias deportivas vividas por haberlo visto disputar una final de Wimbledon, su jardín particular pero no el único. Junto con los otros majors también triunfó en Juegos Olímpicos, Copas de Maestros, Masters 1000, Copa Davis y la Laver Cup, un torneo ideado por él, una de sus herencias para el mundo del tenis y donde disputó su último partido junto a su amigo Rafa Nadal, ese con el que se batió en innumerables ocasiones en la pista y con el que acabó fraguando una buena amistad. La obra de Roger Federer en el tenis ha sido como una escultura del renacimiento, un cuadro de pintura flamenca, una gran obra de música clásica, un plato de alta cocina o como ese buen vino que con los años mejora. Por desgracia la botella de gran reserva especial se ha terminado y no podremos seguir disfrutándola pero para el recuerdo quedarán el drive de derechas, los aces imparables, la forma de ir de un extremo de la pista a otro casi levitando o el revés a una mano pero sobre todo su elegancia dentro y fuera de la pista.

Gracias Roger Federer.

Fotografía | Wimbledon

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