Personas

Ana Carmona Ruíz «Veleta»

La historia de una pionera que rompió las barreras del machismo en una etapa de dictadura para poder jugar al fútbol.

Disfrazada de hombre para jugar al fútbol

El mote de uno de los jugadores del Vélez Football Club es el inicio de esta historia que comienza en 1998 con el periodista Jesús Hurtado, gran historiador y coleccionista futbolero, detrás de la pista de «Veleta», ese misterioso personaje que aparecía en las crónicas de los periódicos de la época. Cuando comenzó con la investigación muchos que sabían quién era la persona que estaba detrás de este sobrenombre se reían o le daban evasivas. En un primer momento pensó que era un jugador prófugo u homosexual que no quiso dar su verdadera identidad y que jugaba con este mote pero pronto descubrió una historia pionera dentro del mundo del fútbol que tenía que ser contada.

Las primeras patadas al balón

El barrio malagueño de los Capuchinos es el origen de Ana Carmona Ruíz, la hija de un humilde estibador, que vino al mundo un 16 de mayo de 1908. Nita, como era conocida en el ámbito más cercano, acudía con su madre a los muelles para llevarle una capacha con comida al padre y se pasaba el rato observando como jugaban al football los marinos ingleses que desembarcaban en el muelle de Málaga venidos de Gibraltar. Por aquel entonces el fútbol no tenía el auge de nuestros días y solo había gran tradición en Reino Unido, pero este nuevo deporte enamoró a la pequeña Ana. La familia vivía en la barriada de la Segalerva donde con ocho o nueve años empezó a pegarle al balón en la explanada cercana al cuartel de artillería, donde posteriormente se instaló el campo de Oratorio Festivo Salesiano. Por aquella época Francisco Míguez, cura parroquiano de la zona, vio el fútbol como una oportunidad para recaudar fondos para los niños pobres de Málaga y organizó partidos benéficos. Los mejores equipos pasaban por el barrio de la Segalerva y Nita, que en muchas ocasiones se subía a un árbol para ver los encuentros, encontró la inspiración para mejorar su juego. El Padre Míguez le dejaba jugar pachangas, haciendo que la niña empezara a coger soltura, aunque en muchas ocasiones ya en la etapa de juvenil empezó a recibir descalificaciones por ser una chica y volvía a casa llena de magulladuras, incluso su tío, médico de familia, aconsejó a su madre que la alejara de los terrenos de juego.

La influencia del cura

El padre Míguez siguiendo las directrices educativas salesianas fundaría el Sporting Club Salesiano de Málaga y construyó el Estadio Santa Misión en el que inscribió sobre el muro el lema “El deporte fortalece el cuerpo y el espíritu se entrena en el estadio de la Santa Misión”. Ana pronto quedaría vinculada al club, primero lavando y zurciendo la ropa de los jugadores a escondidas y con la complicidad de su abuela, y después debutando con 18 años como jugadora con el beneplácito de sus compañeros aunque no de muchos de sus rivales pues tenía que jugar lejos de su barrio, con el pecho vendado, con pantalones largos hasta la rodilla, camisetas holgadas y con gorra para disimular el cabello, este último elemento era habitual en los jugadores de la época. Alta, fornida, briosa y técnica, cualidades que le permitían desarrollar un juego versatil y poderoso sobre el campo donde se desempeñaba como pivote. Su buen hacer en el terreno de juego no era siempre bien visto por sus rivales que le golpeaban con saña y le denunciaban a las autoridades que en una de las ocasiones la detuvieron llevándola al cuartel y la castigaron rapándole la cabeza. Los padres la mandaron a Vélez-Málaga con otros familiares para que la chica recapacitase y la tensión en el barrio se relajase puesto que no estaba bien visto que jugase al fútbol. Pero a pesar de que la querían alejar del deporte que le apasionaba ella siguió jugando sin que lo supieran sus tíos con la ayuda de Quero y Torrontegui, excompañeros del Sporting Club que la apoyaron para jugar en el Vélez con ellos. Fue en este club donde sus compañeros de equipo empezaron a apodarla como «Veleta», en mención por el cambio rápido que tenía que hacer en la apariencia para que los rivales no la descubrieran. Jugó durante tres temporada (1927, 1928 y 1929). Además participó en la inauguración del primer campo de fútbol de la ciudad, haciendo primero de Dama de Honor para después desaparecer por «indisposición» y aparecer jugando unos minutos como suplente.

Huella de una pionera

Nita nunca lo tuvo fácil. La dictadura de Primo de Rivera donde se prohibió que las mujeres pudiesen jugar al fútbol no ayudó y aunque en el Vélez nadie la delató, la Federación Sur y la Junta local de árbitros estrechó el cerco, al tiempo que los guardias vigilaban para que no saltase al campo. Ella siempre accedía al estadio por la zona de la lavandería y luego, una vez dentro, se vestía de futbolista. En las octavillas donde figuraban las alineaciones aparecía en muchas ocasiones, sobre todo en su etapa en el Sporting, escrita una equis para que no la descubrieran. La única foto que tiene como mujer vestida de futbolista se la hizo durante unos carnavales donde se pudo disfrazar de lo que más le gustaba. Pese a que sus compañeros guardaron el secreto durante años, cuando regresó a la ciudad abandonó la práctica del fútbol porque ya era demasiado conocida. Moriría en 1940 con la edad de 32 años a causa del tifus. Fue sepultada con las camisetas del Sporting Club de Málaga y del Vélez CF como ella había pedido, y a su funeral acudieron amigos y compañeros con los que compartió equipos y un secreto que años después merecía ser rebelado para homenajear a Ana Carmona Ruíz, posiblemente la primera jugadora de fútbol.

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