Deporte

Un verano italiano

Noches mágicas bajo el cielo de un verano italiano del mundial 1990 para recordar la historia de Salvatore "Tòto" Schillaci.

La historia de Totò Schillaci

«Notti magiche… sotto in cielo di un’estate italiana». Noches mágicas…bajo el cielo de un verano italiano.

Un’estate italiana, la canción oficial de la Copa del Mundo de 1990 tomaba el relevo, de manera más que digna, del infantil himno “El mundo unido por un balón” de Mexico’86. Maradona lo había cambiado todo cuatro junios antes, e Italia acogía su segundo mundial de fútbol convirtiéndose, de nuevo, en el verdadero país de la bota. 

Fueron noches mágicas en Delle Alpi o en San Nicola di Bari, estadios construidos expresamente para un campeonato por el que pasaron figuras míticas e irrepetibles como Lothar Matthäus, Marco Van Basten, el crápula de Gascoigne o un inesperado invitado llamado Roger Milla. El camerunés nos enamoró para siempre con sus bailes en el banderín de córner con la icónica camiseta verde de Adidas. El delantero africano acudió a la cita fuera de forma y por petición presidencial, ya que le unía una gran amistad con el máximo mandatario de Camerún. Roger, suplente en cuatro de los cinco partidos disputados por los leones indomables, marcó cuatro goles a sus 38 años y, lo mejor de todo, es que la de Italia no sería su última Copa del Mundo.

Pero ni la historia de Milla, ni toda la performance social y futbolística que rodeó al Diego más napolitano pudieron eclipsar la actuación de un futbolista al que acabamos de despedir para siempre en su Palermo natal a los 59 años de edad: Salvatore Schillaci. 

La carrera futbolística a nivel clubs de Totò, como así era apodado, no fue especialmente brillante. Hijo de albañil, de familia numerosa y de clase media baja, comenzó a dar sus primeros pasos como profesional en el Messina, hasta que un año antes de la celebración del Mundial de Italia llamó la atención de la poderosa Juventus. En la Vecchia Signora jugó tres temporadas, pero nunca logró alcanzar una versión lo suficientemente óptima ni regular como para ser recordado de manera especial en la Curva de los Drughi. Su currículum en la Serie A lo terminó de completar en el Inter de Milán, donde pasó solo una temporada con más pena que gloria. Sus últimos años como calciatori los desarrolló en Japón, para júbilo de la hinchada nipona de un club llamado Júbilo Iwata. Al terminar sus años en la J1 League, se instaló en Sicilia donde creó una escuela de fútbol.

Tampoco Totò sostuvo una carrera regular con la selección italiana. Jugó tan sólo 16 partidos, una cifra que no impresiona demasiado tratándose de un jugador que estuvo en activo el mismo número de años. Con la azzurra marcó la estimable cifra de siete tantos, seis de ellos en aquel verano italiano que nos evocaba la canción que abría el artículo y al que debemos volver para acabarlo. 

8 de junio de 1990. Octavo mundial consecutivo de Italia, que llegaba con la presión de siempre propiciada por la idiosincrasia local, además de la añadida por ser la anfitriona y la campeona en España ocho años antes.  El bombo le deparó al conjunto transalpino un grupo a priori asequible compuesto por Estados Unidos, Checoslovaquia y Austria.

Totò no contaba, en principio, con la confianza del seleccionar Azeglio Vicini. El palermitano era, en definitiva, el tercer delantero de una competición corta como lo es una Copa del Mundo y el hombre a la cola detrás de arietes con mucho más nombre en el momento como Vialli o Carnevale. La prensa italiana describió la elección de Schillaci como «el último de los jugadores elegidos». 

La leyenda de Totò en Italia’90 comenzó a fraguarse en el ultimo cuarto de hora del primer partido. Vicini, en un movimiento a la desesperada, dio entrada a Schillaci para intentar abrir la cerrada defensa austriaca. A los tres minutos de haber pisado el verde, Totò comenzaba a escribir, de cabeza, una de las actuaciones mundialistas más determinantes de la historia, que continuaría con una racha goleadora como pocas, marcándole a Checoslovaquia, Uruguay, Irlanda, la Argentina de Maradona y a Inglaterra. El tercer delantero de Italia se convertiría, de esa inesperada manera, en el máximo anotador de un mundial plagado de goleadores de renombre. El pasado 18 de septiembre, en el funeral de Salvatore, el actual presidente de la Federación de Fútbol Italiana, Gabriele Gravina, declaraba emocionado que “sus celebraciones de los goles, convertidas en un símbolo de la alegría colectiva, quedarán para siempre como un legado del fútbol italiano”. 

Schillaci convirtió en realidad la letra de «Un’estate italiana«, en aquel junio de 1990, regalándonos unas noches de verano que los amantes del fútbol nunca olvidaremos. Grazie per tutti, Totò.

«Notti magiche… sotto in cielo di un’estate italiana» . Noches mágicas… bajo el cielo de un verano italiano

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