Ojalá todo fueran las Jordan 1
Llevaban seis días camino del destierro. Habían sorteado dos bombardeos, varias refriegas con fuego cruzado y todo ello sin nada en el estómago. Habían recorrido más 150 kilómetros con algunas bolsas y toda su vida a la espalda. Alcanzaron la frontera y el adolescente de la familia vio un póster de Jordan pegado a la única pared de lo que parecía un dormitorio de una casa que aún mantenía, aunque al aire, una pequeña parte en pie. Parecía como un escaparate «trampantojil» entre los escombros. En la imagen, el Dios negro vuela hacia la canasta y lleva las flipantes Jordan 1 que cambiaron la industria de las zapatillas. El chico, en un ataque de pasión, dejó las bolsas y trepó por piedras y restos hacia el dormitorio mientras su madre gritaba nerviosa. Sus dos hermanos pequeños lloraban por los chillidos de su progenitora cuando el adolescente alcanzó la casa y arrancó el fotón de Michael ante las risas del resto de los damnificados parias ahí presentes y los soldados fronterizos.
Se escucharon varios disparos que milagrosamente ni rozaron al chaval quién se metió el póster en el pecho, dentro del abrigo. Seis horas después y tras largas colas, la familia consiguió cruzar la raya y dejar la guerra. Cinco días más tarde, el chico estaba frente a un escaparate de la Gran Vía alucinando con las Jordan 1 vintage en todas las gamas y colores que se mostraban ahí a precio desorbitado. El chico, se apretó el abrigo donde aún guardaba el póster. Sonrió y recordó las batallitas que su padre le contaba sobre cómo se agenció esas molonas botas en su juventud, de contrabando. Era una manera de recordar a papá, ex jugador de la selección de la URSS y del Dínamo de Kiev. Un privilegiado de la época que jamás se las pudo poner para jugar ningún partido oficial, por supuesto, y que ahora luchaba por su país aunque no quería y que no entendía cómo se había llegado a esta situación. Para el chico, Las Jordan 1 y ese instante sobre papel eran papá.
La guerra de Ucrania, si obviamos esos daños colaterales y humanos que son todos los muertos y masacrados, así como la innumarable lista de familias destrozadas y exiliados, ha reforzado la imagen internacional de un cómico ultraconservador llamado Zelenski. Ha permitido cumplir los sueños zaristas de un exespía implacable llamado Putin y reforzar sus relaciones con la omnímoda China. También ha rescatado de la decadencia a esa excusa de EEUU para dominar el mundo llamado OTAN, ha puesto en valor negocios tan sospechosos y mal mirados como los armamentísticos y ha hecho olvidar actitudes tan inhumanas como las de Europa ante los refugiados sirios, sudaneses y demás. Y es que como dijo George Orwell en su Homenaje a Cataluña:
«Como bien es sabido, la guerra atrae a mucha gentuza»
Conflictos de viejos, ricos y poderosos que solventan y sufren los pobres, jóvenes y desamparados, así podemos definir la guerra. También como la lucha sin cuartel entre dos posturas enfrentadas que solo terminará cuando una de ellas se imponga definitivamente pero quizás no sea siempre así, puede ser una manera de encontrar nuevas vías de negocio o cumplir las ambiciones individuales y ególatras de algunos para perpetuarse en el poder, lucrarse o cumplir cualquier sus sueños. Los hay ingenuos, de niño o de adolescente, como los de muchos que soñamos de chicos con tener las imposibles Jordan y ahora, de mayores, nos dejamos las perras en sus nuevas réplicas tuneadas o se las compramos a nuestros hijos para nuestro orgullo. Hay otros sueños, no tan infantiles, muy comunes en líderes implacables, empresarios y puros especuladores. Son sueños oscuros y malos porque implican muerte y destrucción aunque lo llamen despreciativamente colateral. Son propios de gentuza. Ojalá todo fueran las Jordan 1.
Fotografía | Jordan Hyde

