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Bobby Charlton

El Balón de Oro discreto pero indispensable en el campo que se convirtió en leyenda del Manchester United y de la selección inglesa.

The One

Mi padre decía que Sir Bobby Charlton era un milagro con patas. Reconocía que era el jugador de fútbol por excelencia en el país donde se supone que se inventó el balompié (más aún que Stanley Mathews). Integrante de los míticos Busby Babes, fue de los pocos que sobrevivió al accidente aéreo del 58 que se cargó a todo aquél mítico equipo del Manchester United. Un grupo de imberbes jugones que prometía hacer historia. Fue una trágica noche de nieve y frío en la que hicieron escala en la Alemania Occidental tras haberse batido frente al Partizán en Belgrado. Cuentan que estuvieron soberbios aquellos niñatos albiones y el partido de vuelta en Old Trafford prometía ser un paseo. Lo leyó mi padre en el Marca y lo pusieron en el NoDo. Fue tan dramático y terrible como el accidente de avión que llevaba al gran Torino contra la basílica de Superga. La tragedia del 49.

Solo la divina providencia pudo obrar el milagro y aquél juvenil rosado con promesa de alopecia sobrevivió a la masacre, se sobrepuso y bajó junto al equipo de sus amores hasta las mazmorras de la tercera división inglesa. Tenía un legado que transmitir y una deuda para con sus colegas. Penó anímica y futbolísticamente, pero jamás se rindió. Seguía vivo ¿Qué más podía pedir? Él lo sabía y mi padre decía que daba gusto verle jugar. Y así, partido a partido, temporada a temporada, paso a paso, disparo a disparo lideró el renacimiento de aquel conjunto en el estadio de sus amores, Old Trafford, hasta alzarse con la Copa de Europa. Porque los sueños pueden convertirse en realidad y la visión de juego, el talento con los pies y una voluntad de hierro convirtieron a este fino estilista en el mejor guía de un adolescente George Best. Charlton fue un aguerrido, pero desenfadado one club man, que tocaba el balón como los ángeles, atacaba con vigor y sin complejo alguno. Indómito irreductible cuya fina estampa remataba con un peinado «Anasagasti», su calvicie y su canesú. Además, capitaneó a la Inglaterra que se alzó en casa con la Copa del Mundo del 66. No la mereció aquel conjunto, pero Charlton y Banks, el porterazo, sí.

Fue toda a una institución del juego más popular de las islas británicas y de todo niño de la vieja Europa. Un magnífico anfitrión, el mayor ejemplo de este deporte de equipo donde todo puede suceder. Poseedor de una gran pluma, sus inteligentes y justos comentarios sobre el juego, sus análisis futbolísticos y su finísima ironía demostraron tras su retirada, que poseía una lucidez y un humor de lo más chestertoniano. 

Se fue Sir Bobby Charlton, un tipo amable y feliz. Un señor que jugaba repleto de alegría. Tal vez no fue Maradona ni Cruyff, tampoco Pelé ni Puskas, pero el fútbol británico no se podría entender sin esta figura tan loable y admirada. Un grande, un señor muy importante como ejemplo de vida. El transmisor del legado de unos críos, sus amigos, que se quedaron por el camino y que él los rememoró y homenajeó en cada partido haciendo lo que más les gustaba a todos ellos, jugar. Toda una hazaña, algo maravilloso y que nos deja una historia de vida propia de un héroe. Estamos hablando uno de los más grandes, como el que más. Sin duda.

Fotografía | Manchester United

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