La nostalgia también juega al ataque
Quizás sea la edad. Quizás sea la nostalgia o los buenos y no tan buenos recuerdos. Quizás sea la distancia de lo que uno llama hogar o el simple paso del tiempo, ya sea aquí o allá. El caso es que una envidia temporal condiciona esta reflexión en la que alguien desde casi la mitad de su treintena ve disfrutar a un grupo formado en su mayoría por veinteañeros disfrutones, tan valientes como imprudentes.
Hablo de la ‘kuadrilla’ de Flick, que ha dibujado un año como dictan los cánones culés: si tijera gana a papel y piedra a tijera, en Can Barça el estilo vence al resultado. Aún así, una Liga próxima a los 100 puntos y una Supercopa como primer clavo del ataúd del archienemigo es un botín notable. Aún queda esa mancha europea que no se quita y que comienza a pedir una solución de Fairy y bicarbonato. Pero, por juego y entretenimiento, que le quiten lo ‘bailao’.
A lo me que llevaba la almohada cuando nació este símil es a que los chicos de Flick han sido como mi ‘kuadrilla’ hace 10 y 15 años. Noches de alcohol, drogas y, según los gustos de cada uno, reguetón, tecno o rock and roll. En aquellos años siempre contábamos con algún Joan García, pendiente de dormirnos en su coche o de llevarnos a casa cuando la cosa se nos iba de las manos.
Todos juntos fuimos la defensa de la ‘kuadrilla’ de Flick, arriesgando con mezclas imposibles, cantidades ingentes, conquistas inaccesibles… y a veces obtuvimos grandes resultados y momentos memorables. Ahora bien, si nos pasábamos, las consecuencias eran fatales. A todos nos tocó sufrir alguna vez con un Atlético rompiéndonos la fina línea del fuera de juego que habíamos trazado. Llámalo coma, llámalo rechazo, llámalo multa, llámalo sopapo o llámalo policía.
Siendo veintipico, en la plantilla había toda clase de perfiles. En distintas épocas siempre hubo algún Pedri con el que todos queríamos salir porque nos llevaba a la excelencia: animaba y aceleraba, asistía si tocaba, nos colaba porque conocía al puerta o nos conseguía un reservado porque era amigo del relaciones. Todo el mundo le conocía y a todo el mundo le caía bien y le gustaba salir, jugar, tocar y estar cerquita suyo.
Tuvimos De Jongs: erguidos, guapos, elegantes y ligones que sacaban temple y sonrisa para dar hacerse con el control de cualquier terreno o situación. Por supuesto, y más en las primeras veces y con la testosterona disparada, tuvimos o fuimos los “malacopa”. Los Gavi o Fermín, dispuestos para todo tipo de plan, idea o pelea. Además, si la cosa se ponía fea, aparecían nuestros Araújos, Raphinhas o Lewys en plena bronca, templaban con tamaño, labia, fuerza, experiencia o todo a la vez, solucionaban el lío y a seguir con la fiesta. “Viejóvenes” que se las sabían todos.
Y en el ligoteo teníamos la misma pegada en conjunto que la delantera de Hansi. Hoy, casi dos décadas después, hay dos o tres estrellas que le marcan el camino a Lamine, con rankings y récords todavía por romper y jugadas mágicas a sus espaldas que son difíciles de imitar. Tampoco faltaban auténticos obreros nocturnos y tiburones como Ferrán. Depredadores que no hacían prisioneras y que mojaban sí y sí cuando enganchaban la racha, por mucho que no gozarán del marketing o la finura de los cracks al definir. Incluso, todos fuimos Rashford en algún momento, sin optar a balones de oro, pero con el suficiente peligro y golpeo como para ‘reventarse’ en una cita especial a todo un Real Madrid.
Con el tiempo, eso sí, las fiestas pesan más, por mucho que vayamos adquiriendo horas de vuelo. Quien sabe si la tropa de Flick continuará con su alegre imprudencia y encontrará en el gazpacho, el Ibuprofeno o en el kebab de recena su antídoto para la resaca. Esa resaca que cada año es un dolor de cabeza aún más insoportable y que en Barcelona llaman Champions. Mientras tanto sigamos disfrutando de las noches de esta `kuadrilla’.


Aunque hayan fichado a Gordon y Julián Álvarez nuestras cuadrillas personales son mejores