¿Me gustas o te odio?
Cada año, desde hace tres décadas, en esta época me aborda la misma pregunta. Siempre. No falla. Tan puntual como la cita de un buen nueve con el gol. Una gran dicotomía, un Dios existe o no, un doctor Jekyll o Mr Hyde, un debate sobre si la tortilla es con o sin cebolla… pero con carácter personal, aunque en estas líneas se la presento a todo el que quiera opinar: Junio ¿te quiero o te odio?
No me gusta el calor. Lo detesto. Me irrita, me cansa física y anímicamente, y me empapa. O no sé si la forma correcta de ordenar secuencialmente la frase debería ser al revés, aunque, en este caso, el orden de los factores no altera el producto. Tampoco he sido nunca el mayor fan de las piscinas o las playas. Espacios en su mayoría poco higiénicos y mucho menos estéticos que, aunque sean de gran utilidad, en estas fechas se saturan. Son como los goles de Inzaghi, Klose, Raúl o Müller: feos, prácticos y abundantes.
No me gustaban los exámenes en ningún mes del año, pero menos todavía si venían con la presión de que en estas semanas se apellidaron “recuperación” o “final”. Ojalá hubiese sido una de esas estrellas de la NBA que se beben la exigencia con champagne o bailan con ella ante los focos en la final de los playoffs al ritmo de hip-hop afroamericano. No era mi caso, y eso que no solía fallar a esos encuentros decisivos con el papel y el boli.
Como gastrónomo, siempre será mejor el invierno que el verano. El frescor de un gazpacho o de las ensaladas está bien, pero lo tomas dos días y la emoción desaparece. Como el canterano que se cuela en el once, pero varios partidos después “sólo” sirve para acompañar. O para tapar vergüenzas, al igual que una toalla por encima del ombligo. Después el chaval estará, sí, pero en la nevera siempre, y te da una pereza terrible. De hecho, aunque haga calor, añoras y esperas que lleguen los guisos y las salsas del otoño.
No me gusta especialmente el tenis, ni Francia, y junio es el mes de Roland Garros. Tampoco soy un gran seguidor del ciclismo, menos aún cuando alguien monopoliza la maglia rosa. Y, sobre todo, no me gustan los fines de semana sin Liga, ni mucho menos los días entre semana sin Champions.
Por mucho que en junio se lleven los almuerzos ligeros, como una lucha por el ascenso, o los brunches (otro día hablamos de lo mucho que aborrezco este concepto) con los fichajes del verano, sigue faltando un plato principal, de esos contundentes. Más Puyoles y Ramos. Menos Huijsens y Cubarsis. Yo nunca me doy por satisfecho cuando la comida es buena.
Sin embargo, la dicotomía llega cuando pienso y recuerdo que hay algún junio que sí me gusta. Bueno, más de uno. Me encantaban los junios universitarios que daban el pistoletazo de salida a veranos de tres meses, con sus primeras fiestas de pueblo y los primeros baños del año, pero en lugares y acantilados escondidos no masificados. Aunque haga calor, yo sí que soy del norte y allí el termómetro oscila y zigzaguea como las diagonales de Robben.
Me gustaban las portadas del As y el Marca con el próximo galáctico de Florentino. Me gusta el melón con jamón, fresquito para el verano, aunque por separado, como deberían ir Vinicius y Mbappé. Me gustan las alpargatas, que aunque no tapan la fealdad de los tobillos, ocultan los horribles y deformes dedos de los pies.
Me encanta ver a un español reinar en Francia y hacer de la tierra batida del vecino arena fina y paradisíaca para el jardín de su casa. Rafa se ocupó de ello durante tantísimos junios y ahora veremos si Alcaraz, o incluso Jódar, continúan la tradición. ¿Y qué alegría ver a los Gasol con gorras y anillos? O comenzar a ver de reojo y con cierto interés que hay una bestia llamada Pogacar dispuesta a tiranizar tanto junio como el resto del estío, aunque con varios nombres que van a opositar.
Y, sobre todo, me flipa junio si hay Mundial. Ha sido siempre una época idónea para conocer o encontrarse con gente y sitios: Tshabalala, Shaqiri, Podolski, Grosso, Viena, Kiev y, sobre todo, Johannesburgo. La Eurocopa me refresca, pero el Mundial es el Mundial. Además, y al fin y al cabo, hay que comer, y aunque la Euro sea el apetecible picoteo en una terraza o chiringuito cuando cae la noche, el Mundial es el asado y la barbacoa. Atemporal y eterno, como Zidane o Maradona.
El tango de Gardel dice que 20 años no es nada, pero cuatro años sin Mundial son demasiados. A mi las matemáticas no me cuadran, aunque mis junios escolares siendo el último en dejar el pupitre dan fe de que nunca se me dieron bien los números y los libros.

