El estadio de la pulmonía
La vida y la amistad son lugares y recuerdos comunes. Diferentes puntos de vista y, a menudo, la memoria individual y compartida que se impone a lo sucedido. El relato diluye lo acontecido y es más verdad que lo real porque es en los pequeños detalles donde lo pasado se vuelve imperecedero. Mañana hará 41 años que un infante del Paseo de Zorrilla, un niño llamado Pedrito, subió caminando con Pedro, su padre, y su tío Paquito rumbo al nuevo templo balompédico de su ciudad. Imagino su ilusión, su excitación por presenciar algo histórico, el nerviosismo de un crío de Pucela que cada domingo iba a los partidos del antiguo Zorrilla. El chaval que ya había vivido el golazo de Gilberto al Barça. El que escuchaba por los altavoces durante los prolegómenos de cada encuentro aquello de «RICALSA, riegos de Castilla y León». El que iba para futbolista. Un niño de la ciudad.
Fue una tarde de esas en las que Eolo se pone bravo allende el Pisuerga y el recio frío castellano no deja prisioneros. Una velada diseñada por un amigo del Conde Drácula y que supuso para siempre que a este nuevo José Zorrilla se le bautizara popularmente como «el estadio de la pulmonía». Supuso todo un acontecimiento aquel partido de inauguración y hasta se retransmitió por la única tele que había, y es que el UHF era casi una excentricidad y del mismo ente. Llegó el Rey en helicóptero, se despeinó y tiritó como todo Cristo o eso recuerdo yo. Se enfrentaron el Real Valladolid, con Pepe Moré y el hondureño a la cabeza, y un joven Athletic de Club, aparentemente en transición generacional, pero que al año siguiente conquistaría la liga y la que le seguiría un histórico doblete. Un casi imberbe Javi Clemente dirigía a los vascos. Mi padre me decía que había sido un superclase canijo y chato que, junto a Rojo, podía haber marcado una época si no se hubiera lesionado tan pronto y con tan mala fortuna. Los Zubizarreta, Goikoetxea, Urquiaga, Sarabia, Liceranzu y Dani eran sus grandes referencias, pero no pudieron con aquel Pucela peleón de Paquito que por entonces coqueteaba con el descenso. Fue un partido de liga muy especial, disputado, igualado y poco vistoso, muy en consonancia con el día. Recuerdo verlo junto a mi padre desde casa, en Tarragona -¿Quién me iba a decir que muy poco después Valladolid sería mi hogar y parte de mi educación sentimental?-, y la ilusión que me hizo que, bien entrada la segunda parte, apareciera una joven promesa blanquivioleta con el mismo nombre que yo, Jorge (Lozano), cuando ya todo indicaba que el encuentro terminaría en empate. A los pocos minutos de que este chaval pisara el nuevo campo (min 84), Ali Navarro se fue por la derecha en jugada, centró raso y fuerte atrás para que mi tocayo la enganchara y batiera a Zubi. Recuerdo los abrazos, aquel 1-0 y desde entonces muchísimas anécdotas en torno al nuevo Estadio Zorrilla y el Real Valladolid.
Recuerdo meses después aquel jeque Kuwaití que bajó al campo durante un partido del Mundial 82 para invalidar el cuarto gol contra su país de una Francia deliciosa que al final terminó tercera: Tigana, Giresse, Platini, etc… Decían de aquel mandamás de tan exótico emirato que un pitido de la grada había despistado a los chicos de su equipo. Se anuló el gol, pero esa es otra historia.
Cómo olvidar aquella Copa de la Liga de la 83-84, con un 3-0 incontestable al Atlético de Madrid en Zorrilla. O esa final europea sub 21 que se llevó España frente a Italia en los penaltis, con Roberto de capitán general y el auténtico Luis Suárez como ideólogo. Ese partido del 86 ya lo vieron ambos preadolescentes in situ aunque no se conocieran. Son muchas jornadas y tantas alineaciones y temporadas con el nuevo Zorrila como referencia. Es mucho tiempo sufriendo, con alguna que otra alegría y un sinfín de sentimientos y de ilusiones a menudo frustradas. Porque Minguela, Eusebio, Moré, Juan Carlos, Torrecilla, Pato Yañez, Caminero, Da Silva, César, Fenoy, Peternac, García Calvo y tantos otros pasaron a la mitología de este club pisando el nuevo Zorrilla, llenando momentos. Nadie olvida a Cantatore ni a ninguno de los Hierro. Cómo no recordar al enclenque y veloz Amavisca o a un adolescente Onésimo que de tanto fintar y driblar acabó regateándose a él mismo. Alguno hay que asegura que Victor era mejor que Pablito Aimar, pero sin tanta prensa y los hay que anhelan aquel viejo estadio del Paseo Zorrilla y a los Gerardo Coque y a los Lesmes y aseguran que eso sí que era balompié. Porque la memoria es mejor que lo sucedido. Del nuevo Zorrilla han pasado más de 40 años y aquel infante que subió ese día de perros o aquel niño que lo vio con apenas 8 años por la tele a mil kilómetros, porque su padre era del Athletic y porque Moré era paisano suyo, somos bastante más viejos que nuestros progenitores aquel 20 de Febrero de 1982. Parece imposible. Han sido miles los partidos y las vivencias, muchos bocatas en el entretiempo, mucho curiosear el resultado donde quiera que uno estuviera, bastantes decepciones y otros tantos sueños frustrados. Miles de tardes de transistor, de fútbol y de otras aspiraciones, aunque bien podría haber sucedido todo ayer. El nuevo Estadio José Zorrilla ha cambiado mucho pero sigue siendo el estadio «nuevo». Se ha transformado tanto como la ciudad, pero no más que sus gentes, que todos aquellos críos que vimos el partido de inauguración y hoy peinamos canas porque nos ha pasado toda una vida.

