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El Club de las Novias

Los focos siempre han apuntado en masculino al terreno de juego, pero en las gradas se juega otro encuentro en el Club de las Novias.

Vía de escape en las gradas

En el año 2010, por cosas que no vienen a cuento, fui una fiel seguidora del Alcorcón masculino de baloncesto. Pasé varias tardes de domingo en La Canaleja, apoyando y aplaudiendo al CBA y, aunque los partidos eran bastante interesantes, no dejaba de ser una chica de 17 años sentada con unos amigos de mis padres que amablemente me habían llevado con ellos para ver jugar a su hijo. Hasta que a las pocas jornadas en el camino hacia la Final Four, descubrí que había algo mucho más interesante que lo que ocurría en la cancha, aunque igual de inalcanzable para mí: un grupo de chicas, novias de varios jugadores, que se reunían cada tarde de partido para apoyar a sus parejas pero, sobre todo, para estar juntas.

La escena parecía de lo más divertida. Lejos del silencio que había en mi parte de la grada, tan solo interrumpido por los gritos al árbitro o los ánimos a los jugadores, las chicas parecían estar hablando de cualquier cosa menos del partido. Tan solo volvían su atención al juego para manifestar su enfado con algún jugador del equipo visitante.

Sin embargo, por mucho que ansiaba la idea de levantarme de mi silla de plástico naranja y desplazarme hasta su zona -más atrás en la grada-, me resultaba del todo imposible. Qué iban a pensar esas chicas sobre una niña de 17 años que habían visto a lo lejos alguna tarde. Efectivamente, necesitaba un plan. Necesitaba un gancho. Y lo tuve. Mi salvadora fue otra chica, de la que yo no conocía su existencia, pero que se convirtió en mi pase VIP para entrar al selecto grupo.

Al parecer aquel hijo de los amigos de mis padres tenía una novia que pertenecía al club de las novias. Y cumplía con todas las características del clan: guapa, alta, con un pelo liso perfecto y una sonrisa de diez que no dejaba de lucir. Desde el primer momento me apadrinó. Quiso presentarme a todas las integrantes del grupo y todas se interesaron por mí. Pertenecer al clan era lo más cercano que había podido estar de formar parte de un club como el de las seguidoras de Manson. Solo que ellas no tenían ningún líder. Quizás su líder era una de las chicas más mayores, que se encargaba, junto con otras dos, de traer para cada partido botellas de Coca-cola de dos litros llenas de mojito. Y así pasaban cada partido, conmigo de espectadora: bebiendo a escondidas, criticando a los del equipo rival, hablando de dónde habían salido aquel sábado por la noche o de si alguna había discutido con su suegra.

En el camino de vuelta a casa, todos los que se encontraban en el coche aprovechaban para comentar la jornada. Pero yo solo me imaginaba cómo sería tener unos años más y poder estar con ellas en esas noches de sábado. Me las imaginaba retocándose el pintalabios en el baño de cualquier discoteca y de repente ya no quería más ser una espectadora: ansiaba ser una más del grupo.

Hace más de diez años que no sé nada de aquellas chicas. Me gusta pensar que sus novios ahora juegan en algún equipo senior y son la excusa perfecta para que ellas se sigan viendo. Porque aquellos chicos, ya lo siento por ellos, eran solo eso: una excusa para que aquellas chicas se juntasen y diesen la vuelta al partido y al domingo. Un poco como en las películas, en las que la animadora guapa es la novia del capitán del equipo de fútbol. Pero todos sabemos que la película que nos interesa, en realidad, está en el grupo de amigas de las animadoras. Los giros de la película no ocurren cuando el equipo de fútbol llega a la final. No, el espectador se engancha cuando la amiga de la protagonista le ha traicionado y la amistad del grupo peligra.

Y esto es lo que me gusta de los grupos de chicas en las gradas. Los chicos, históricamente, han ocupado muchos espacios relacionados con el deporte. Ocupan cualquier bar cuando hay derbi o el clásico, ocupan las conversaciones en el café del descanso en la oficina comentando la jugada, la madrugada de los viernes jugando al FIFA y el grupo de whatsapp de la liga del Fantasy. Pero en esas gradas, en las que un grupo de chicas se hacen amigas para comentar el partido o para sobrellevar el frío que hace en un campo de fútbol un domingo de noviembre, ese espacio, lo llenan ellas y todos los focos cambian de dirección.

Una amiga ha montado un equipo de fútbol con otras chicas de su pueblo. Tengo muchísimas ganas de ir a verla pero, sobre todo, de ver al clan de los novios. No sé si serán tan magnéticos como las chicas de Manson, pero espero que también lleven alcohol encubierto.

Fotografía | Cottonbro Studio

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