Control, talento y una corona en juego
El próximo sábado, a una hora algo más temprana de lo habitual, se descorchará champagne o correrá la Indian Pale Ale por las calles de Budapest. O quizá ambas cosas, porque en noches así la euforia y la desolación siempre terminan compartiendo acera.
En el Puskás Aréna —el estadio que honra al legendario futbolista húngaro, cuyos restos descansan en la Basílica de St. Stephen— se disputará una final destinada a dejar huella. Ya sea con el Arsenal entrando definitivamente en la aristocracia europea o con el Paris Saint-Germain convirtiéndose en el segundo equipo capaz de defender el título desde que la competición adoptó el nombre de Champions League —hazaña que solo había conseguido el Real Madrid entre 2016 y 2018—.
Es, en definitiva, una final de Champions relevante, si es que existe alguna que no lo sea. Frente a frente, dos equipos distintos, aunque ambos encarnan muchas de las virtudes del fútbol contemporáneo: futbolistas subordinados a la idea colectiva, grandes jugadores sin necesidad de ser genios irrepetibles, disciplina táctica y un sentido casi dogmático del orden.
Apenas habrá ausencias. Ben White será la baja más sensible del Arsenal, aunque Arteta recupera a Mikel Merino, Madueke y Timber. En el PSG, todo apunta a que Achraf Hakimi y Dembélé llegarán a tiempo. Casi todos disponibles para una final en la que Luis Enrique persigue su tercera Champions como entrenador, mientras que Arteta sueña con culminar un doblete histórico para los gunners.
Los posibles onces rezan así:
- Safonov; Achraf, Marquinhos, Pacho, Nuno Mendes; Vitinha, Zaïre-Emery, João Neves; Doué, Kvaratskhelia y Dembélé.
- Raya; Mosquera, Gabriel, Saliba, Calafiori; Lewis-Skelly, Rice; Saka, Eze, Trossard; Gyökeres.
Decíamos que son dos equipos muy distintos.
El Arsenal de Arteta parece regresar a sus raíces, alejándose del vértigo romántico del wengerismo para reencontrarse con ese Arsenal más severo y pragmático que tan bien retrató Nick Hornby en Fever Pitch. Es un equipo defensivo, aunque no desde la resignación del viejo catenaccio, sino desde el control.
Su manera de defender consiste, esencialmente, en gobernar cada rincón del césped. Es un conjunto ordenado, intenso y obsesivo con las vigilancias. Defiende desde los despejes de una zaga que probablemente sea la más en forma de Europa —Saliba y Gabriel Magalhães forman una pareja intimidante—, desde el control emocional y táctico de Declan Rice en el centro del campo y desde la presión constante de sus extremos, con Gyökeres persiguiendo a centrales y porteros como si cada balón fuese el último.
Juegan sencillo. No se exponen innecesariamente, no viven de la genialidad individual ni del caos creativo. Pero consiguen algo todavía más valioso: que el rival nunca se sienta cómodo. Y además poseen un arma silenciosa, casi inevitable: el balón parado. Solo en Premier League han marcado 25 goles nacidos de ese laboratorio.
El Paris Saint-Germain, por su parte, no ha cambiado demasiado respecto a la temporada pasada. Safonov quizá rebaja algo el nivel bajo palos respecto a Donnarumma, aunque el equipo sigue encontrando nuevas piezas capaces de elevar el conjunto. El joven Zaïre-Emery, por ejemplo, aprovechó la lesión de Fabián Ruiz para consolidarse como una realidad incontestable.
Y aunque el colectivo sigue siendo la gran bandera de este PSG —incluso pese al Balón de Oro conquistado por Dembélé—, hay algo magnético en Kvaratskhelia. El georgiano parece jugar con una tormenta en los pies: intenso, insistente, prácticamente imparable cuando traza esa diagonal desde fuera hacia dentro buscando el disparo a cualquiera de las dos escuadras.
Aun así, el rol de los tres atacantes parisinos es idéntico: poner el talento individual al servicio de la estructura, sin negociar jamás el esfuerzo sin balón. Mientras tanto, Vitinha es el metrónomo, marca el tempo como un director de orquesta sobrio y preciso, y los laterales convierten la banda en un territorio de ida y vuelta perpetuo.
Descritos ambos equipos, la sensación final es clara: el PSG posee más talento individual, la experiencia reciente del campeón y una ventaja física evidente. Buena parte de su once titular llega con menos desgaste acumulado, ya que muchos de sus futbolistas no alcanzan siquiera el 60 % de minutos disputados en Ligue 1. Además, parece un equipo más adaptable, más preparado para sobrevivir en cualquier escenario: intercambio de golpes, dominio posicional o repliegue para correr al espacio.
El Arsenal, en cambio, necesita sentir que controla el contexto, que el partido no se deshilacha. Y ahí puede esconderse la clave de la final: el primer gol. Porque si bien los de Arteta defienden sus ventajas con una solvencia extraordinaria, sufren mucho más cuando deben perseguir el marcador y fabricar ocasiones desde la urgencia.
No parece, por tanto, que Budapest vaya a presenciar una final eléctrica como aquella semifinal desatada entre PSG y Bayern de Múnich. Pero sí una batalla de altísimo nivel entre dos maneras distintas de entender la competitividad. Y cuando el árbitro señale el final, bajo las luces del Puskás Aréna, uno de los dos habrá dado el paso definitivo hacia un escalón superior en la historia del fútbol europeo.


El quitarse la espina de no ganarla contra el crear una dinastía europea.