Seguir el proceso
La historia de Belapalma no es la de un éxito inmediato ni la de una banda diseñada para funcionar a golpe de algoritmo. La suya es una historia mucho más reconocible para cualquiera que haya intentado levantar un proyecto creativo desde abajo: años de local de ensayo, trabajos fuera de la música, cambios de rumbo, conciertos en salas pequeñas, festivales, ilusiones, desgaste y la necesidad constante de reinventarse sin perder la identidad.
Charlamos con ellos durante más de una hora sobre todo ese camino. Sobre cómo empezaron tocando versiones de Oasis, sobre el salto del inglés al castellano, sobre la presión que sienten muchas bandas por encajar en los ritmos de la industria y sobre ese momento delicado que atravesaron tras publicar su último disco. Días después pudimos volver a verles en directo en Café La Palma, donde confirmaron algo que ya se intuía durante la entrevista: Belapalma está en una de esas etapas en las que quizá todavía no llegan los grandes focos, pero sí empieza a construirse algo sólido desde dentro. Y eso, en música, se parece mucho a un equipo que lleva años peleando en categorías complicadas antes de encontrar por fin una idea de juego reconocible.

Todo empezó hace más de diez años. Rubén y Álvaro, amigos desde pequeños, comenzaron a quedar para tocar canciones de las bandas británicas que marcaron su adolescencia. Oasis, Blur, The Stone Roses o Arctic Monkeys formaban parte de aquella banda sonora inicial que acabaría dando forma a su primer proyecto: The Sevenfloor.
“El nombre venía de que los dos vivíamos en un séptimo piso de la misma calle”, recuerdan. “Tenía un punto romántico que en aquel momento nos encantaba”.
Por entonces todo giraba alrededor del inglés. No solo las influencias, también la forma de entender la música. Como le ocurre a muchas bandas jóvenes, escribir en inglés parecía casi una obligación estética dentro del indie nacional de aquellos años.
“Queríamos parecernos a lo que escuchábamos”, explican. “Cuando eres adolescente tiendes a identificarte con eso. Luego te das cuenta de que el castellano te permite expresar muchas más cosas de una manera natural”.
Aquel proyecto fue creciendo poco a poco. Primero llegó Dani al bajo después de coincidir en una fiesta en Fuenlabrada. Más tarde se sumó Nacho a la batería y ahí empezó realmente a consolidarse la química interna del grupo.
“Desde el primer ensayo hubo conexión”, recuerdan. “Era una sensación difícil de explicar, pero sabíamos que aquello tenía sentido”.
La banda fue avanzando sin grandes estrategias. Tocaban donde podían, grababan canciones, aprendían sobre la marcha y se dejaban llevar más por la intuición que por cualquier plan perfectamente calculado. Pero poco a poco algo empezó a cambiar.
El grupo comenzó a introducir sintetizadores, sonidos más bailables y una estética sonora mucho más cercana al pop ochentero. Canciones como Déjate llevar marcaron un punto de inflexión importante dentro del proyecto.
“Hubo un momento en el que sentimos que necesitábamos abrir ventanas”, cuentan. “Seguíamos teniendo guitarras, pero queríamos que las canciones respiraran de otra manera”.

Aquella transformación musical coincidió además con la necesidad de cerrar definitivamente la etapa de The Sevenfloor. El grupo buscaba un nuevo nombre y una nueva identidad.
“Fue un auténtico dolor de cabeza”, reconocen entre risas. “Teníamos listas infinitas de nombres y ninguno nos convencía. Hasta que apareció Belapalma”.
El nombre no tiene un significado concreto. No hay una gran historia detrás ni un concepto oculto. Simplemente sonó bien. Y, sobre todo, sentían que representaba mejor la nueva etapa del grupo.
Con Belapalma llegó también una sensación de crecimiento real. Empezaron a tocar en festivales importantes dentro del circuito independiente, el público comenzó a aumentar poco a poco y la banda sintió por primera vez que podía aspirar a algo más grande.
“Veníamos de unos años muy buenos”, explican. “Habíamos tocado en festivales como Sentir Baeza o Festival de los Sentidos y notábamos que cada vez más gente conectaba con el proyecto”.
Como un equipo que encadena varias temporadas peleando por entrar en playoff, Belapalma empezó a creer que el gran salto podía estar cerca. Había canciones, había identidad y había una dinámica positiva. Entonces llegó el disco.
Y con él, también el desgaste.

La grabación se alargó durante prácticamente todo un año. Las obligaciones laborales y personales de cada miembro hacían imposible encerrarse una semana y grabarlo del tirón, así que el proceso se fue fragmentando en diferentes sesiones.
“Empezamos a grabar en enero y terminamos en octubre”, explican. “Íbamos componiendo y grabando casi al mismo tiempo”.
Ese modelo acabó pasando factura. La banda reconoce que durante meses vivió atrapada en una dinámica de presión constante: sacar singles, mantener actividad en redes, preparar estrategias, intentar llegar a festivales, llamar a puertas, moverse dentro de una industria cada vez más saturada.
“Entramos en una especie de rueda”, cuentan. “Todo tenía que salir ya. Todo parecía urgente”.
El problema es que, mientras intentaban seguir el ritmo que marca actualmente la industria musical, comenzaron a desconectarse de lo que necesitaba realmente la banda.
“Nos dimos cuenta de que estábamos más pendientes de cumplir plazos que de disfrutar el proceso”, reconocen.
Y cuando finalmente el disco salió, las expectativas no se cumplieron.
“No esperábamos convertirnos en gigantes”, aclaran. “Pero sí pensábamos que el proyecto iba a seguir creciendo poco a poco”.
Ese crecimiento nunca llegó de la forma esperada. Algunos apoyos desaparecieron, el grupo perdió a personas importantes dentro de su entorno profesional y apareció algo mucho más peligroso que el fracaso: el agotamiento.
“Hubo momentos en los que sentimos que la banda podía romperse”, admiten.
Sin embargo, precisamente ahí apareció también la parte más humana de Belapalma. Lejos de explotar, el grupo decidió parar, hablar y replantearse muchas cosas.
“Ahora somos más conscientes de quiénes somos y de lo que queremos”, explican. “Seguimos teniendo discusiones, claro, pero también nos escuchamos mucho más”.

La sensación que transmiten es la de un equipo que, después de intentar jugar siempre hacia delante y obsesionarse con ascender rápido, ha entendido que también hay partidos que se ganan defendiendo bien, sabiendo sufrir y construyendo poco a poco.
Durante la conversación apareció varias veces esa idea de “seguir el proceso”. Una frase que utilizan casi como mantra interno y que resume bastante bien el momento actual del grupo.
Porque Belapalma ya no parece obsesionada con convertirse rápidamente en una banda gigante. Ahora la prioridad es otra: recuperar la ilusión, volver a disfrutar de hacer canciones y fortalecer una identidad propia.
En ese proceso ha sido fundamental el trabajo en El Álamo Shock junto a Guille Mostaza.
“Trabajar allí es como estar en casa”, cuentan. “Sales de cada sesión aprendiendo algo”.
Hablan de la grabación casi como quien recuerda una concentración larga antes de una gran final. Días enteros rodeados de música, conversaciones infinitas sobre referencias, arreglos o acordes y esa sensación constante de estar creciendo como músicos.
“Muchas veces llegas con una idea cerrada y alguien te cambia un acorde que transforma completamente la canción”.
En las letras de Belapalma también hay mucho de esa mezcla entre ilusión y melancolía que atraviesa actualmente al grupo. Canciones sobre relaciones rotas, inseguridades, nostalgia o personajes que aparentan más de lo que realmente son.
Psycho, por ejemplo, nace parcialmente de una frase de Corrado Soprano en Los Soprano. “Habla de la gente que cree que va primera cuando realmente está última”, explican.
La banda también sorprendió reinterpretando Dile que la quiero, llevándola completamente a su terreno. Una versión que, en directo, funciona especialmente bien.

Y precisamente ahí, sobre el escenario de Café La Palma, fue donde mejor se entendió todo lo que habían contado durante la entrevista.
Belapalma suena ahora como una banda mucho más consciente de sí misma. Más compacta, más cómoda y también más libre. Hay guitarras, sintetizadores, momentos de explosión y otros mucho más íntimos, pero sobre todo hay algo que muchas veces cuesta encontrar en grupos que todavía están peleando por hacerse un hueco: honestidad.
Puede que todavía estén lejos de llenar pabellones o de encabezar festivales enormes. Pero viendo cómo defienden las canciones en directo, da la sensación de que han entendido algo fundamental: antes de pensar en jugar la Champions hay que aprender a competir cada fin de semana.
Y Belapalma, ahora mismo, parece exactamente en ese punto. Construyendo desde abajo, sin perder de vista el largo plazo y sabiendo que, a veces, las bandas que terminan llegando más lejos son precisamente las que aprenden primero a sobrevivir.
Fotografía | Álex Coubert | Texto | Daniel Juárez


Interesante; lejos de las entrevistas aduladoras a bandas. Empezaré a escucharles