No fueron solamente deporte, pero jamás han dejado de serlo
Los veranos de mi infancia siempre fueron de entrega y pasión absoluta al deporte. De sueños de grandeza y éxito, libros de Cola Cao sobre la historia de los mundiales de fútbol y de los Juegos Olímpicos, mucha televisión y saltos, carreras y pelota por el pasillo de casa, por el campo, por la playa o por la calle imaginando y emulando a estos ídolos olímpicos y balompédicos. En el 80 y el 84, en Moscú y Los Ángeles. De Rusia, la URSS o la CCCP, aparte del Osito Misha y Pietro Mennea ganando los 200 en plan Superman, mi memoria selectiva da solamente para un poquito más. Recuerdo a las hipertrofiadas y brutales féminas de la RDA, barriendo en todas las competiciones, sobre todo en natación y atletismo, con el nombre de Marita Koch, que tanta gracia nos hacía a mi hermano mayor y a mi, como referencia absoluta de una atleta superdotada. Parecía hasta abusivo que ese bólido de carreras con músculos hasta en cuello y hombros compitiera en los criminales 400 metros frente al resto de chicas. Les sacaba lo menos 50 o 60 metros y terminaba las carreras dando la sensación de que podía echarse un cigarrillo o, incluso, un partidillo de tenis mientras sus rivales yacían exhaustas sobre el tartán. También me acuerdo de la muy meritoria actuación de un titán alicantino, canijo y con melena a lo Kempes, que decían que se entrenaba saltando sillas en su pueblo (Crevillente) y que acabó 4° en la final de los 3.000 obstáculos, diploma olímpico. Casi alcanza a un agotado etíope que se vino abajo en la última valla con foso y se arrastró en la recta final. Lástima por el pequeño gran Domingo Ramón. A última hora, un chico que caminaba muy rápido y tenía pinta de galán pilló un bronce recorriendo con rumbosos y épicos pasos 50 km exactos: Jordi Llopart. Una gesta heroica. También recuerdo que se habló mucho de boikot (primero con k, que para eso era contra Rusia y luego ya cambiaron la k por la c) y con apenas 7 años uno no entendía muy bien cómo alguien podía renunciar a triunfar en ese pedazo de competición mundial entre los mejores de todo el mundo y en todas las especialidades.
Los Ángeles 84 ya fueron otro cantar: también hubo boicot pero nadie hubiese podido con el Marlon Brando, con el Rolls Royce de la velocidad y el salto de longitud, Carl Lewis. El Mozart del Atletismo, el hijo del viento que ganó en todo lo que participó aunque a mi me caía mejor un tal Calvin Smith, recordman mundial de 100 metros, y que en las curvas del 200 o del 4×100 se tumbaba como Ángel Nieto con la Garelli cuando pasaba por fuera a Lazzarini o Gresini. Puedo visualizar como si fuera hoy los partidos de la selección de baloncesto frente a Yugoslavia y la final contra los EEUU de Jordan y Pat Ewing. No me olvido de los Epi, Romay, Martín, Corbalán, Llorente, Iturriaga y, sobre todo, de las modernísimas gafas de Díaz Miguel y la mala baba y condescendencia del sobrado de Bobby Knight, el entrenador de esos adolescentes universitarios. La prensa recuerda los madrugones para ver aquellos partidos y es verdad pero ganamos. También nos despertamos muy pronto para ver la acojonante carrera final de los 1.500m con Abascal resistiendo y consiguiendo la medalla de bronce frente a ese superclase principesco que fue Sebastian Coe, frente a la zancada de su delfín Steve Cram y la enorme desilusión del rebelde de Steve Ovett: el trío de ases británicos. La gran decepción fue la de madrugar y mucho para ver a Colomán Trabado, el rayo de Ponferrada, en la finalísima de los 800 metros. Soñábamos con una gesta similar a la del cubano Alberto Juantorena en Montreal 76. Las hazañas de Paavo Nurmi, Abebe Bikila o Emil Zatopek, Bob Beamon, Eric Liddell, Abrahams o Jesse Owens que aprendimos en las colecciones de cromos de la época, fomentaban nuestra imaginación y todo podía ocurrir esa noche. Elucubrábamos ingenuamente que el berciano se escaparía del grupo alocadamente y, con mucho tesón, resisitiría en la última vuelta a todos sus rivales para dar la sorpresa al mundo a base de potencia y muchos huevos. Nada de eso ocurrió. Colomán no se presento a esa carrera y nunca se lo perdonaremos los niños de los 80.
Entre unos juegos y otros, se han conmemorado ya el 40° aniversario de la final de nuestro Mundial de España 82. Cuatro décadas desde que la Italia de Dino Zoff, Paolo Rossi o Cabrini se llevó la Copa del Mundo frente a la modernísima y aburrida Alemania de Karl Heinz Rummenigge y su pelazo demodé. Los teutones de Schumacher y Paul Breitner sucumbieron al oficio y la picaresca de unos tipos la mar de elegantes, sonrientes y simpáticos fuera de las canchas pero temibles y marrulleros dentro de ellas. Nadie olvidará las impecables americanas claras de su entrenador, Enzo Bearzot, ni la efusividad tiffosi de su octogenario Presidente de la República, Sandro Pertini, en tan horrible final. Mucho menos los goles de Rossi, aunque lo mejor de aquél mundial fue el talentazo de un equipo absolutamente bohemio y despreocupado que nos hizo soñar a todos y se marchó injustamente: el Brazil de Zico, Sócrates o Toninho Cerezo, entre otros. También vimos debutar a Maradona en un mundial pero Kempes, Ardiles, Passarella o Tarantini cambiaron talento y físico por lo metafísico, se creyeron a Menotti y no estuvieron a la altura. En el Nuevo Zorrilla flipamos con un jeque que ordenó al árbitro anular un golazo de la poética y exquisita Francia de los Giresse, Tigana, Amorós, Battiston o Platini frente a su equipo de Kuwait. Para los niños, Arconada dejó de ser el mejor portero del mundo y España no jugó como nunca pero sí que perdió, y muy pronto, como siempre.
Aún faltaban muchos años para que fuéramos un poco gallos en el mundo, que nuestros hermanos pequeños descubrieran que los nuestros se codeaban de tú a tú con cualquier potencia mundial en materia deportiva, y para que Induráin barriera en el Tour. Eso sí, los veranos eran tan calurosos como siempre aunque los asumíamos sin desesperarnos y no como hoy. Quedaba casi una década para Barcelona 92, para entonces algunos seguíamos flipando con el deporte pero las chicas, el cine, la música, la literatura, más chicas, la vida, la fascinante y vigorosa juventud y algún que otro suspenso, diversificaban nuestros intereses. Los veranos ya no fueron solamente deporte, pero jamás han dejado de serlo.
Fotografía | Frans van Heerden

