Bailando sobre el césped
Hay equipos que entrenan movimientos. Este ensaya coreografías. No sale al campo para imponer un sistema, sino para convertir el fútbol en una sucesión de gestos capaces de emocionar. Cada desmarque tiene la precisión de un paso perfectamente ejecutado, cada presión colectiva parece una pieza coral y cada gol llega como el gran final de una representación que el estadio entero termina aplaudiendo de pie. Una compañía imposible que un día decidió cambiar el escenario por el césped. Donde otros ven líneas de cal, ellos ven un escenario infinito. Donde otros hablan de táctica, ellos hablan de ritmo, equilibrio y movimiento. El balón no interrumpe la danza; forma parte de ella.
Desde la banda dirige Marius Petipa, un entrenador convencido de que la belleza también puede ser competitiva. Exigente hasta el extremo, persigue la perfección de cada movimiento sin apagar nunca la personalidad de sus futbolistas. Sus equipos juegan con la disciplina del ballet clásico, pero dejan espacio suficiente para que aparezca la inspiración.
En la portería espera Anna Pavlova. Sus estiradas desafían la gravedad y convierten cada parada en un ejercicio de equilibrio. No vuela para llegar al balón; simplemente parece no tocar nunca el suelo.
La defensa encuentra su estabilidad en George Balanchine, que organiza la línea como si estuviera componiendo una gran producción escénica. A su lado, Rudolf Nureyev juega con una intensidad feroz, siempre dispuesto a anticiparse un instante antes que el delantero. En el otro perfil aparece Martha Graham, capaz de transformar la recuperación del balón en el comienzo de un nuevo ataque gracias a una lectura del juego extraordinaria. Cerrando la línea, Maurice Béjart aporta carácter, liderazgo y una personalidad que hace mejores a todos los que juegan a su alrededor.
En el centro del campo el partido adquiere otro lenguaje. Pina Bausch convierte cada posesión en una narración; parece contar historias sin necesidad de hablar. Vaslav Nijinsky rompe la lógica con cambios de dirección imposibles, como si el césped no obedeciera las mismas leyes que el resto del mundo. Junto a ellos, Merce Cunningham desordena el partido con una libertad creativa que desconcierta al rival y libera a sus compañeros.
El ataque pertenece a quienes entienden que la imaginación siempre llega antes que la velocidad. Sylvie Guillem recorre la banda con una elegancia casi irreal; cada regate parece alargar el tiempo durante unos segundos. En el lado contrario, Carlos Acosta combina potencia y delicadeza con una naturalidad extraordinaria, capaz de superar rivales sin perder jamás la armonía.
Y como referencia ofensiva aparece Mijaíl Barýshnikov. No necesita imponerse físicamente para dominar el área. Lo hace con el control del espacio, el equilibrio y una capacidad única para aparecer exactamente donde el partido lo necesita. Sus goles parecen suspendidos en el aire un instante antes de entrar en la portería, como si incluso la gravedad quisiera detenerse para contemplarlos.
En el banquillo aguardan Isadora Duncan, Alvin Ailey, Alicia Alonso, Tamara Rojo, William Forsythe, Akram Khan, Mats Ek, Jiří Kylián, Twyla Tharp, Roland Petit, Nacho Duato, Kazuo Ohno, Marie Taglioni, Galina Ulánova y Fred Astaire, una segunda alineación capaz de transformar cualquier partido desde una idea, un movimiento o un cambio de ritmo.
Esta selección no corre más que nadie. Se mueve mejor que nadie. Entiende que el fútbol también es una cuestión de equilibrio, de espacio compartido y de sincronía colectiva. Juega para demostrar que un estadio también puede convertirse en un teatro y que, durante noventa minutos, el balón puede bailar con la misma elegancia con la que lo hacen quienes dedicaron su vida a convertir el movimiento en arte

