Donde el fútbol reflejó el inicio del conflicto
Mayo de 1990, Yugoslavia vivía un punto de inflexión crítico, en el que se empezaba a dibujar el inicio de su desintegración. Si utilizamos una metáfora futbolística, el país estaba jugando los últimos minutos de una prórroga fatídica. Las tensiones políticas y sociales evidenciaban el colapso del régimen socialista y de un estado multinacional que hasta unos años antes se regía por la convivencia entre los distintos grupos étnicos existentes. En ese mismo mes, Croacia celebró elecciones multipartidistas, las primeras en varias décadas, como parte de las reformas democráticas impulsadas en toda Europa del Este tras el declive de los regímenes de la hoz y el martillo. Estas elecciones fueron ganadas por la Unión Democrática Croata (HDZ), liderada por Franjo Tuđman, quien defendía abiertamente la soberanía croata frente al control centralista de Belgrado. Aquel triunfo en las urnas alimentó el nacionalismo croata y causó alarma entre la población serbia de Croacia, que temía la discriminación o la persecución. Mientras tanto, en Serbia, Slobodan Milošević consolidaba su control político tras convertirse en un símbolo del resurgimiento del nacionalismo. El mandatario promovía una dura agenda que buscaba fortalecer a Serbia dentro de Yugoslavia, incluyendo la protección de sus grupos étnicos en otras repúblicas como Croacia y Bosnia-Herzegovina. Su retórica encendió a los líderes de otras repúblicas, especialmente Croacia y Eslovenia, que querían una mayor autonomía. Yugoslavia “jugaba” su particular minuto 120 al borde de la ruptura social y política. Las tensiones eran visibles, pero aún no habían desembocado en conflictos armados. Sin embargo, los eventos de este mes mostraron las fracturas irreparables en la estructura del país, y los líderes nacionalistas, como Tuđman en Croacia y Milošević en Serbia, jugarían un papel crucial en la fragmentación y en el inicio de las guerras yugoslavas en los años siguientes. Mayo fue, en resumen, un mes que evidenció el ocaso de la Yugoslavia socialista y la transición hacia una etapa de fragmentación, marcada por la creciente hostilidad entre las repúblicas y los grupos étnicos. El 13 de mayo de 1990, el estadio Maksimir de Zagreb fue escenario de uno de los episodios más simbólicos y oscuros en la historia del fútbol, dando lugar a un enfrentamiento que trascendió lo deportivo para convertirse en el preludio de las sangrientas guerras de los Balcanes. El Dinamo-Estrella Roja que se disputó aquel día es uno de los ejemplos más paradigmáticos del peso del deporte rey como hecho cultural en la historia de la humanidad. No hace falta ser futbolero para reconocer esta premisa.
Los protagonistas
El GNK Dinamo siempre ha supuesto un símbolo de identidad y orgullo para la ciudad de Zagreb y, en muchos sentidos, para toda Croacia. Fundado en 1945, tras la Segunda Guerra Mundial, el Dinamo emergió como parte de un esfuerzo del Estado yugoslavo para reorganizar las estructuras deportivas, reemplazando al HAŠK y al Građanski, dos clubes históricos que habían sido disueltos. Sin embargo, aunque oficialmente representaba la nueva ideología socialista, el Dinamo mantuvo una conexión emocional con las raíces croatas. Durante el período de tensión que estamos relatando, evidenció además una forma de resistencia cultural frente al centralismo de Belgrado. En un país donde la identidad nacional a menudo estaba en segundo plano en favor de la unidad yugoslava y la multiculturalidad, el Dinamo se consolidó como un símbolo de orgullo identitario. Sus ultras, los Bad Blue Boys, nacieron cuatro años antes del conflicto bélico y rápidamente adquirieron fama en el panorama europeo como un grupo organizado y extremadamente violento y politizado, extendiendo, prácticamente desde sus inicios, una fuerte conexión con el nacionalismo croata. Durante los últimos años de Yugoslavia, estos aficionados desempeñaron un papel importante en la resistencia simbólica al régimen central, y muchos de ellos participaron activamente en el conflicto armado durante la guerra que estallaría meses después del mayo del 90 al que estamos fotografiando.
El Fudbalski klub Crvena zvezda, Estrella Roja de Belgrado, es desde su fundación en 1945 (curiosamente el mismo año que su máximo rival), un símbolo nacional para Serbia y para el régimen socialista yugoslavo y las estructuras comunistas de la época. Se trataba del club que orbitaba en el centro del poder político, económico y cultural y expresaba, a través de las emociones futbolísticas, toda la influencia serbia dentro de la antigua Yugoslavia. La hinchada de los Delije, los muchachos que se situaban tras la pancarta de detrás de la portería, nació también a finales de la década de 1980, dejando clara otra vez la conexión entre fútbol y contexto político como vía de expresión para las pasiones étnicas y nacionales. A medida que Yugoslavia se desintegraba, los Delije se vinculaban cada vez más al nacionalismo serbio adoptando una postura fuertemente nacionalista. La prueba más simbólica de esta mutación la encontramos en el capo del grupo, Željko Ražnatović, más conocido como Arkan, que acabó convertido en un conocido líder paramilitar y criminal en los Balcanes.
El lugar
El Maksimir no es precisamente un estadio bonito. Inaugurado, también en mayo, en el 1912, presenta una estética austera típica de la arquitectura del este de Europa. No sólo está rodeado por pistas de atletismo, también lo está por un aura de historia trágica que, como no podía ser de otra forma, se escribió con sangre en el mes de mayo del 1941, cuando unos estudiantes le prendieron fuego durante un acto fascista de la época. Quedémonos en sus gradas de cemento pero situémonos temporalmente casi 50 mayos más tarde para vivir aquel Dinámo de Zagreb – Estrella Roja que lo cambió todo.
El partido
El encuentro reunió a casi 25.000 fanáticos de ambas hinchadas, encabezadas en los fondos por sendos grupos ultras. Mucho antes del calentamiento de los futbolistas, se empezaron a entonar desde las gradas cánticos hostiles que pronto derivaron en insultos étnicos y provocaciones. La escalada de violencia no se quedó ahí, sino que dio paso al comienzo del lanzamiento de proyectiles y bengalas desde las distintas tribunas. Poco antes de echar a rodar el balón, los Delije irrumpieron en el fondo de los locales, invitando a una cruda pelea cuerpo a cuerpo que los Bad Blue Boys no rechazaron. La policía, en su mayoría controlada por las autoridades centrales dominadas por serbios, fue acusada de actuar de manera parcial, reprimiendo con dureza a los aficionados croatas mientras mostraba una actitud más permisiva hacia los serbios. Este hecho inflamó aún más los ánimos, generando una atmósfera de caos total. Como colofón final, el enfrentamiento entre hooligans se extendió al césped y los jugadores de ambos clubs tomaron parte en una bacanal de violencia que marcaría para siempre la historia de una Yugoslavia que disputaba su peculiar prórroga como país. En medio del tumulto, una agresión se convirtió en un símbolo del desafío croata frente a la autoridad serbia. Zvonimir Boban, capitán del Dinamo Zagreb y una de las mayores estrellas del fútbol yugoslavo, golpeó a un policía que estaba atizando a un hincha de su equipo. Este gesto convirtió a Boban en un héroe para los croatas y en un villano para los serbios, polarizando aún más la percepción general del momento que se estaba viviendo en aquel mayo yugoslavo. El saldo final presentó decenas de heridos, numerosos arrestos y un partido que nunca llegó a jugarse pero en el que perdieron todos. Este encuentro fallido supuso un punto de no retorno en las relaciones entre croatas y serbios, evidenciando que el balón y las bufandas ya no podían disimular las fracturas de un país al borde del colapso. Una vez más el fútbol explicando la vida. Una vez más la vida explicada con fútbol.


¡Joder recuerdo la foto icónica de la patada de Boban!