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El Viejo Almacén de Buenos Aires

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Asado a ritmo de goles y tango

Una figura a tamaño real de Diego Armando Maradona custodia la entrada de El Viejo Almacén de Buenos Aires, situado en la Calle Ramón Gómez de la Serna 4, entre los barrios madrileños de Peñagrande y Lacoma. El astro argentino es el ídolo de César Ruda, dueño del local y segunda generación de hosteleros que emigraron a Argentina por distintos contextos bélicos, para después volver a España. Solo se escuchan un par de personas preparando las mesas y el producto que servirán antes de la apertura en un par de horas, pero el lugar respira pasión por la carne, el fútbol y el tango. Nos sentamos a charlar con César para conocer la historia del lugar.

Todo comienza con tus padres. 

Mis padres vuelven de Argentina. Ambos emigraron desde Europa, mi padre era polaco nacido en Varsovia y mi madre asturiana. Salieron de una Europa afectada por la guerra y vivieron la mejor época de Argentina. Estuvieron allí hasta el año 1971 cuando regresan a España, que por suerte empieza a despuntar como país. En Argentina pasó lo contrario, comenzó a estar sumida en una crisis y represión política muy fuerte. Ellos llegan a Asturias y con la necesidad entran en un sector que desconocían y abren el primer restaurante argentino en un pueblo perdido de la cuenca minera de donde es originaria mi madre, en Muñera. Mi padre escribió en la fachada “la futura ciudad de Muñera”. Ahí empezaron a descubrir la hostelería. Mi padre venía muy preparado para lo que había en la época en la zona, llamaba la atención por su forma de vestir, siempre iba en traje, y su cultura ya que venía de una Argentina mucho más adelantada en la época, más si cabe en la cuenca minera. Les fue bien y en el año 1975 tuvieron la posibilidad de venir a Madrid.

No se dedicaban a la hostelería, ¿cómo aprendieron el corte argentino?

Mis padres se complementaban muy bien. Mi padre era un excelente relaciones públicas y mi madre era muy trabajadora. La necesidad te hace aprender. A los proveedores, con uno de ellos seguimos trabajando desde 1975, le pedías el corte de asado, la entraña, la molleja de ternera… No eran de uso común en la época pero tenían buenos precios. Adaptamos los cortes con ellos y fuimos encontrando más proveedores con los que trabajar.

Después vinieron a Madrid.

Llegaron como socios de otra persona y tuvimos un pequeño restaurante en la calle San Gerardo, en el barrio de Saconia. Se llamaba El Cafetín de Buenos Aires. Ahí estuvieron un par de años hasta que pudieron montar su propio restaurante. 

¿Qué producto se ofrecía en estos primeros restaurantes?

En Asturias empezaron a introducir cortes argentinos, a principios de los 70 no eran tan conocidos, pero también vendían productos autóctonos como las truchas del Río Nalón. En Madrid ya se abrió un restaurante puramente argentino. En El Cafetín solo se vendían carnes y todos los productos que había o se podían adaptar. En esos años el mundo era muy grande respecto a las posibilidades de conseguir género.

Sin conocimiento previo de hostelería los padres de César sentaron las bases de lo que posteriormente sería el local donde hoy nos encontramos, pero anteriormente existió un primer Viejo Almacén de Buenos Aires que fue el predecesor de este y que tuvo un triste final.

Después de El Cafetín cambiasteis de local.

En el año 1977 se abrió El Viejo Almacén de Buenos Aires en la calle Villamil. Estaba ubicado en el barrio de Peña Chica, un suburbio de casas bajas donde mi padre encontró un local que había sido un baile de barrio muy famoso llamado Doña Lidia. Tenía un patio de 800 metros cuadrados con una pista de baile. En base a esa visión se metió en este local en contra de la opinión de mi madre y de casi todo el mundo. Decían que estaba loco ya que era un barrio de extrarradio donde costaba llegar, de casas bajas y dónde predominaba la heroína. La zona era sospechosa, pero con el esfuerzo y capacidad creativa de mi padre y el trabajo de mi madre lo sacaron adelante. Se hicieron con el barrio porque al principio había mucho recelo. Venían coches buenos… y le habían robado el bar de siempre al barrio. Mi madre fue ganándose a la gente a base de hacer iniciativas: crear un equipo de fútbol, un asado para los vecinos… mi padre pintó las casas de alrededor para que pareciese otra cosa… Poco a poco se aceptó El Viejo Almacén como parte del barrio durante 30 años.

¿Cómo era ese primer Viejo Almacén?

Un sitio increíble porque era de otro tiempo. Era un local muy decadente y tenía una terraza espectacular. Estaba ubicado en una zona baja donde la temperatura descencía en verano. Había mucho trabajo, la oferta en Madrid era más pequeña en los 80 y se convirtió en un sitio de referencia para políticos, actores… Fue un local que aportaba alma en momentos de necesidad, en circunstancias duras siempre había algo en lo que creer. Marcó una época especialmente para nuestros clientes. Antes se salía con disposición de divertirse, con otra actitud alejada del postureo de hoy en día. La gente se sentaba, estaba junta, hablaba entre sí… se hacían las noches largas. Fue una buena época y un gran recuerdo para la familia por lo que vivimos allí. Poco a poco me quedo yo solo, pero todavía perviven muchos recuerdos. Entré con 3 años y salí con 33. La expropiación y el derribo del local fue traumático, pero desembocó en este nuevo local que fue mi creación. Hemos conseguido un digno sucesor del local antiguo.

Anteriormente citaste un equipo de fútbol vinculado al local.

Lo creó mi madre, en base a echar una mano pagaba todo. Siempre he sido fanático del fútbol. Se llamaba Racing de Argentina. Jugábamos con la albiceleste, luego hubo otro con la camiseta de Boca Juniors. Todos los chicos del barrio, gente humilde, tenían acceso a unas botas y una equipación. Se pagaba a un entrenador y después de los partidos desayunábamos en el restaurante. Hacía piña con el barrio que inicialmente no nos aceptaba tan bien.

¿Jugaste en el equipo?

Sí, hay fotos por aquí. Inicialmente era portero de fútbol 11, tenía 8 años, y cualquier tiro a portería era gol porque el campo era enorme. Era de tierra y estaba en frente del local. Son recuerdos increíbles.

Imagino que contextualmente cada local ha sido distinto.

En El Cafetín se cantaba canción protesta, venían todos los argentinos melenudos que huían de la represión. A Saconia lo llamaban “Rojonia” porque estaba la Complutense al lado. Venían muchas chicas atraídas por la estética de los argentinos. Acudían también los abogados que mataron en Atocha, el Lute… El local ha sido ajeno a cualquier tema político, pero se hicieron por necesidad bautizos del Partido Comunista que estaba ilegalizado por aquella época. Se llamaban bautizos porque llevaban un niño que supuestamente habían bautizado con la excusa de la entrega de carnets. Alguien siempre solía vigilar en la puerta. El tema era vender en esa época. Después cuando se abrió El Viejo Almacén se enfocó un poco más al tango. El asado, el fútbol y el tango son los tres pilares de la cultura de los argentinos, cuando abrimos este local lo fui enfocando mucho al fútbol porque lo he vivido y jugado toda mi vida, también porque tiene mucho tirón y a la gente le encanta.

Muchos recuerdos en el primer Viejo Almacén.

Bastantes. Recuerdo la visita de muchos deportistas famosos, cuando venían en esa época era distinto porque ahora es todo más accesible. Te impacta más como chaval ver a Alfredo di Stefano, Fernando Redondo… Son recuerdos de épocas muy entrañables. En 1978 se celebró la victoria del Mundial en el local a pesar de que el partido no se pudo ver allí. Unos chicos que celebraron ese día la victoria de Argentina, 25 años después organizaron una quedada de los mismos enviando una foto del sitio sin decir el lugar donde se encontraban. La terraza de 800 metros cuadrados, prácticamente una cancha de fútbol sala, se recogía en verano y un día se abrió el portón del fondo con un camión… mi padre me había comprado una portería de fútbol sala. En las fotos de la época se podía ver la portería al fondo de la terraza. Para mí fue un sueño. Encima el acceso al restaurante eran 11 peldaños de abajo arriba, todo un túnel de vestuario. Era un estadio con luz, portería, todo lo que querías…

Después vino el momento más duro: la expropiación.

Se sabía que se iba a tirar. Se peleó al máximo defendiendo lo propio y buscando un precio lo más acorde posible. Fueron épocas duras. Una vez demolido empezó una especie de luto aunque con la ilusión de un nuevo proyecto. No se olvida porque he tenido decenas de sueños con el local antiguo, fue un poco traumático cuando tuvimos que sacar cosas de allí. A mi madre le prohibí ir porque sabía que se iba a poner fatal. Un día apareció por el local y se puso a llorar. Fueron 30 años de mucho vivido, recuerdos, compartir… Esto me permitió crear algo mío desde cero pero manteniendo la esencia y valores de El Viejo Almacén.

Dejar un pasado feliz a la fuerza no es algo fácil y tener que reconstruirlo con la huella de la memoria puede ser duro pero ayudó a César Ruda a mantener el espíritu del primer Viejo Almacén con un local a la altura.

Tu idea siempre fue continuar con el legado.

Sí, después de ver decenas de lugares en distintos sitios de Madrid llegamos a este que está muy perdido. No hubo ningún estudio por parte de nadie porque nos hubiesen dicho que no lo montáramos aquí. La primera vez que entré, dije que este iba a ser el sitio. No sabía por qué, pero era el sitio. Empezamos la reforma con ilusión y cuando íbamos a acabar nos planteamos quién podría venir a este local. Por suerte la gente vino y 17 años después seguimos funcionando. 

¿Cómo fue la adaptación al nuevo barrio?

Hemos sido bien recibidos, ofrecemos un servicio distinto en el barrio. El estar aquí es mantener la esencia del local antiguo. Es verdad que barrios como Villamil o Peñachica ya no existen en Madrid. Encontrar un local como el anterior es imposible, pero buscamos la esencia y puedo decir que acertamos. Somos un restaurante y no tenemos servicio de bar pero alguna vez hemos servido cerveza a vecinos, le comentamos que nosotros damos comidas pero no le negamos la cerveza. 

¿Qué había aquí antes?

Un local que se llamaba Mesón el conejo. Era muy conocido en el barrio porque abría hasta muy tarde, venía gente de la noche y funcionó muy bien. El dueño lo traspasó y los que vinieron posteriormente no lo debieron gestionar bien y acabó cerrando.

¿Cómo recuerdas la apertura?

Extrañísimo porque era como trabajar en un sitio ajeno. Han pasado 18 años desde que tiraron el local de Villamil y puedo entrar virtualmente en el sitio, saber dónde dejaba las llaves… Aquí me costaba encontrar mis cosas, pero el roce hace el cariño y al final el local ha adquirido ese alma.

Un alma muy representativa en la música en vivo que ofrecéis.

Sí, todas las noches. Los viernes y sábados hay una exhibición de tango y milonga con una pareja. Se viene haciendo desde siempre, desde el año 1975, antes con folclore y canción protesta, a principio de los 80 empezamos con el tango y hasta ahora.

Una de las señas de identidad de El Viejo Almacén es la calidad del producto que llevan ofreciendo desde el principio a pesar de la dificultad de encontrar los cortes argentinos en los primeros años. Desde carnes importadas de Argentina y Uruguay, empanadas, provoletas, embutidos, hasta bebidas y postres típicos argentinos que se pueden consumir en el propio local, pedir para llevar o comprar directamente la materia para cocinar al gusto.

¿Cómo es el producto que ofrecéis?

Sufrió una evolución, tienes que pensar que en 1975 no había nada que viniera de Argentina y ahora encuentras todo, no solo en grandes proveedores si no en el super de la esquina. Hemos ido adaptando las posibilidades de mercado a la oferta. Primero no teníamos carne Argentina, la fuimos introduciendo en los años 80 envasada y refrigerada, después empezó a venir carne uruguaya. La demanda de carne de vaca nos ha permitido adaptarnos. La oferta de vinos y licores también es increíble. Nosotros somos fieles a proveedores que funcionan, desde el año 1975 que heredé y de los años 80 cuando vino la carne de fuera. Cuando algo funciona es la base de tener una oferta regular, que no oscile y que el cliente sepa a qué viene y qué se va a encontrar.

Una historia de innovación, adaptación y dividida en varias etapas en distintos restaurantes que según César dan para hacer una serie al estilo Cuéntame y de la que se ha escrito hasta un libro Nada muere, excepto aquello que se borra del recuerdo. El pasado sentó las bases de lo que sería la segunda generación actual, pero queremos conocer si comeremos ricos asados a ritmo de tango y goles en un futuro.

¿Te gustaría una tercera generación?

No. Lo tenemos claro mi mujer y yo. Tuve mucho vínculo porque estaba en el restaurante con mis padres ya que en lugar de estudiar en casa me iba al local. Si quería estar con ellos en determinado momento pues tenía que ir al restaurante. El roce hace el cariño y me gustó. Para evitar eso con mis hijos, además de que mi mujer trabaja en otro sector, cuando eran pequeños y venían les decía que era sagrado. Quiero que ellos se dediquen a lo que quieran. Me gustaría que el local llegase a 60 años pero prorrogar otros 30 o 40 años es una quimera. En Madrid no sé qué porcentaje de restaurantes llevan tantos años abiertos. El futuro nadie lo sabe pero sería cerrar un ciclo manteniendo la exigencia y el nivel sin llegar a un nivel decadente. No quiero que vengas y me encuentres como un viejo cascarrabias. Este sitio es sagrado y amado por nosotros.

Entiendo que venderlo a un tercero es inviable.

Te podría hacer mil preguntas, ¿cambiarías a tus hijos por otros? ¿a tus padres?… la pared está llena de recuerdos nuestros. Aquí no ha habido ningún decorador, hemos puesto las cosas nosotros. Todo tiene un significado. Es muy difícil porque es un restaurante muy humano, personal, familiar y creo que sería complicado encontrar a alguien que pudiera llevarlo a cabo. 

Es como un segundo hogar para ti.

Esta es una extensión de mi casa, siempre lo digo. Puedo invitar a amigos aquí y cuando me dicen que tienen que pagar les digo que no porque es como si vinieran a mi casa.

El Viejo Almacén de Buenos Aires es como un lugar sagrado, con su propio altar dedicado a Maradona, plagado de reliquias y construido con el cariño personal de alguien que ama lo que hace, muy lejos de la mayoría de restaurantes de moda que calcan sus diseños. Las paredes está llenas de fotografías, camisetas, portadas de periódicos, banderines, discos de vinilo… e incluso se puede escuchar la famosa narración de Víctor Hugo Morales del gol de Diego Armando Maradona a los ingleses en el Mundial de 1986.

¿Cómo te has ido haciendo con todo lo que decora el local?

El tiempo y el interés te hace ir completando. Son muchos años y muchas cosas vienen del local antiguo. Otras son de viajes o de compras que he ido haciendo por plataformas. Me mueve la inquietud de hacerlo cada vez más especial.

¿Cuál es tu mayor reliquia?

Tengo un autógrafo de Maradona, no en el local. Es increíble porque es mi ídolo, el más grande que hubo y habrá. También tengo dos camisetas firmadas por Messi, mis hijos se pelean para que se las dé. No ha estado aquí pero hemos ido a buscarle.

¿Habéis coincidido con Messi?

En un hotel cerca de aquí, en Mirasierra, una vez que vino con el Barcelona. 

Tiene ya su mural en el local.

El Mundial de 2022 fue increíble, lo vivimos aquí. Acabé con mi hijo en Sol con una bandera. El fútbol es una pasión y aunque Maradona sea el mejor, admiro a Messi y merecía su Mundial. Al principio prometí que si Argentina ganaba el Mundial, Messi tendría su mural aquí y ahí lo tienes. Fue increíble. El partido de Holanda con holandeses aquí… se sufrió pero se disfruta más ganando así.

Estábamos con las reliquias.

Tenemos otra camiseta de tres estrellas que conseguí en París. También conseguí un trofeo de Hugo Maradona que le dieron en segunda división en el Rayo Vallecano como mejor jugador sudamericano o goleador, no recuerdo. 

¿Cómo llegó ese trofeo aquí?

Hugo Maradona se lo dio a una persona que vendía productos o sustancias prohibidas. Esta persona era de Cádiz y el trofeo se fue allí antes de acabar aquí. 

¿Conociste a Diego Armando Maradona?

Estuve también en el hotel de Mirasierra buscándole. Había jugado Argentina en el antiguo Vicente Calderón y venía con mi hijo pequeño por Avenida de la Ilustración. Mi hijo ya te cantaba el gol de Maradona desde pequeño, se lo había puesto tanto… Vimos el autobús de Argentina y fuimos para allá. Llamé a Diego, me firmó un autógrafo y le pedí una foto con el niño. Mi hijo se acaba de despertar, eran alrededor de las 23:15, y de repente dijo “no, no, no”. Cogí a mi hijo y le dije “llevo toda la vida esperando esto y mira lo que me has hecho”, Diego se acabó yendo. Ahora se lo digo a mi hijo y se tira de los pelos. Es verdad que mis ilusiones son mías y las de mis hijos tienen que ser suyas. 

¿Messi o Maradona?

Maradona siempre. Hoy Messi puede tener millones de seguidores en redes, en los años 80 no había nada. Para ver a Maradona te tenías que ver entero Estudio Estadio el domingo porque lo ponían siempre al final para que lo vieses todo, luego te metían un gol que había hecho con el Nápoles unos segundos. No te creas que había muchas repeticiones o jugadas. Luego imaginabas el partido con tus amigos, eso te hacía idolatrarlo más, era algo inaccesible en la época. Frente a eso de que no había posibilidad de que lo conocieran más fácil acabó trascendiendo a todos. En el 2006, ya gordo y después de todas las cagadas que tuvo, fue a comentar con Cuatro el Mundial de Alemania. Los periodistas con los que fue siempre contaban que podía estar Ronaldinho, Zidane, Raúl… cuando aparecía Maradona todo el mundo iba a él. Lo que dijo, como lo de la Mano de Dios después del partido con 180 pulsaciones… eso una agencia de comunicación te lo saca con un buen brainstorming y este se la saca de la manga después de un partido. Era una persona no preparada, humilde… Ganó el Mundial de 1986 sólo, metió dos goles a los ingleses en medio de la Guerra de las Malvinas, se fue a Nápoles, un equipo del sur, y ganó el Scudetto, Copa, UEFA… además como lo ganaba. Messi se fue de Barcelona hace unos años… Ronaldo se fue del Madrid… la gente se olvida. Se tiene el recuerdo pero ya se está con la siguiente estrella en mente. A Nápoles vas 40 años después y lo siguen recordando de una manera pasional. Cuando Maradona ganó el Scudetto, en el muro de uno de los cementerios alguien escribió “no sabéis lo que os habéis perdido”. Es brutal para la gente a los que les gusta el fútbol.

¿Cómo viviste el fallecimiento?

Estaba frente al ordenador, me llamó mi primo y fue un shock… no hicimos nada especial. Pusimos unas flores y la gente empezó a traer velas. Vino prensa de Argentina y de aquí. Sin tener ningún parentesco con Maradona la gente empezó a llamarme y escribirme como si hubiese fallecido un familiar. Durante un tiempo vino Morales, exjugador del Madrid, a rendirle tributo. Le hicimos el ninot de la entrada.

Un lugar donde se rinde culto a la cultura argentina, donde su Dios es Diego Armando Maradona y que atrae no solo a los amantes de ambas cosas si no que ha sido escenario de grabaciones y otros eventos culturales.

No solo ha venido gente a comer.

Rafael presentó las fotos de su disco de tango, se han rodado anuncios y series. También se hizo algo con motivo de los 90 años de La Liga con Valdano. Siempre que hay algo de fútbol, aquí hay muchos recursos para sacar. Se grabaron tres programas de Informe Robinson. Pude charlar con el propio Robinson, era un tipo majísimo e increíble. Mientras montaban para grabar él se tomaba un café y yo le preguntaba sobre quiénes eran los tres mejores jugadores de la historia. También han venido Ruud van Nistelrooy, Guti, Sergio Ramos… Quién te da pie, porque no todos te lo dan, solo sacarle cualquier cosita de fútbol es parte de la historia. Todos siempre han respondido a la pregunta del mejor con Maradona el primero, como es lógico.


El local está a punto de abrir para el turno de comida y nosotros aprovechamos para cerrar la visita almorzando unas empanadas de carne y brindar con una Quilmes por la larga vida de El Viejo Almacén de Buenos Aires.

Fotografía | Isabel Plaza | Texto | Daniel Juárez

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