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De las élites al estilo

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El legado del color blanco en el tenis

El color blanco siempre ha estado vinculado al tenis desde el siglo XVI, cuando, en Francia, apareció el jeu de paume en pistas cubiertas para ciudadanos adinerados. Más tarde, cuando este deporte se trasladó al aire libre para convertirse en tenis de hierba, siguió siendo una práctica habitual solo entre las altas élites, que llevaban el color blanco como símbolo de su estatus social. Un trabajador del campo jamás podría vestir de blanco, ya que se ensuciaría; sin embargo, aquellos que no realizaban trabajos físicos (o ni siquiera trabajaban), podían permitírselo.

Considerando su historia, podríamos denominar al tenis como un deporte originalmente clasista y quizás no estaríamos equivocados. Pero, a diferencia de otras prácticas deportivas, este jamás podría ser considerado machista, al menos, históricamente.

Desde los primeros raquetazos, el tenis ha sido un deporte mixto. Quizás los pobres no podrían jugar en sus primeros tiempos, pero sí podían hacerlo las mujeres. Las mujeres que pertenecían a ciertos círculos sociales. Y el famoso color blanco para combatir la red dio mucho más juego en ellas. 

La evolución de la vestimenta de tenis y la moda

En 1870, la vestimenta femenina para tenis consistía en largos vestidos que cubrían todo el cuerpo, repletos de bordados y encajes, y acompañados siempre por corsés exigentes, grandes sombreros y botas Balmoral.

Sin embargo, esta vestimenta comenzó a modificarse cuando, tras la Primera Guerra Mundial, el papel de la mujer cambió en la sociedad, adoptando un rol mucho más activo. Por ello, su ropa se transformó en prendas mucho más prácticas y cómodas. Este cambio también se trasladó al tenis, en concreto con la innovación de Jean Patou y Coco Chanel, quienes crearon prendas exclusivas para hacer deporte.

En 1919, tras cuatro años sin Wimbledon debido a la guerra, se produjo un evento que cualquier amante de la moda hubiese disfrutado y celebrado: la tenista Suzanne Lenglen realizó una aparición estelar bajo el diseño de Jean Patou, que no dejó indiferente al público. Con los hombros descubiertos, sin corsé, sin sombrero pero con bandana, con calzado más cómodo y un vestido sencillo a media pierna con falda plisada, Lenglen se convirtió en un ícono de la moda en el deporte y pasó a formar parte de la generación flapper, aquellas mujeres que utilizaban la moda para reivindicar su independencia. Esto llevó a la apertura de la primera tienda deportiva en 1925, Coin des Sport, inspirada en la tenista, quien nos dejó un legado de prendas que ya no pueden separarse del deporte de raqueta, como el cárdigan.

En 1926, René Lacoste, tenista ganador de varios Grand Slams y apodado por la prensa como «El gran cocodrilo», halló la solución a varios problemas que existían en las prendas superiores de vestimenta masculina en el tenis: el cuello plano abotonado ahora podría subirse para proteger del sol y tendría un largo mayor en la parte trasera para que no se saliera del pantalón. Había llegado a las pistas el polo, al que un año más tarde añadiría su famoso cocodrilo.

Desde entonces, y aunque la marca Lacoste haya invadido otros escenarios de la moda diaria, Lacoste siempre quedará unida a la historia del tenis, al igual que ha ocurrido con otras firmas como Ralph Lauren o Fred Perry, que consiguieron que el estilo preppy y el simbolismo de «estar dentro» del mundo del tenis se extendiera por la clase media-alta británica.

El blanco en pistas las pistas actuales y ruptura con tradiciones conservadoras

El color blanco permanece ligado a la vestimenta de tenis y sigue siendo obligatorio en clubes privados de Inglaterra y Estados Unidos, y en torneos tan importantes como Wimbledon, en el que, aunque forme parte de su reglamento desde 1963, en 1995 se hizo alusión al ‘blanco puro’ para especificar que los participantes no podrían usar colores crema ni blanco sucio. La normativa se endureció aún más en 2014, cuando se exigió que las muñequeras (o cualquier otro accesorio), la ropa interior y la suela de las zapatillas, también debían ser de color blanco.

Aunque este color haya perdido su relación o alusión a la clase alta, el ambiente y el contexto que rodean al deporte rey de la raqueta mantienen algunos resquicios de aquellas reuniones de la élite de diferentes países. No es casualidad que los protagonistas de Match Point (Woody Allen, 2005) jugaran al tenis, vistieran de blanco y la película se desarrollase en una casa de campo en una de las mejores zonas de Londres. Tampoco es casualidad que la trama principal tuviera que ver con ‘dobles’ parejas. O que los personajes amaran la ópera. Ni que la película incluyera el musical The Woman in White. Al fin y al cabo, los niños de los barrios más ricos siguen practicando tenis como actividad extraescolar, mientras que aquellos de los barrios obreros juegan al fútbol. Y los amigos de clases altas siguen yendo a ver partidos de tenis, mientras que los de clase media-baja continúan enrollándose la bufanda de su equipo para ir al estadio a ver el partido de fútbol del domingo.

En 2024 se realizó un cambio en el reglamento de Wimbledon para que las jugadoras de tenis femenino pudieran usar ropa interior de color oscuro, con el fin de librarse de la preocupación de que pudiera mancharse durante la menstruación. Fue una pequeña victoria para la sección femenina, aunque cabría preguntarse por qué el hecho de manchar la ropa interior preocupa tanto a las mujeres que menstrúan, al punto de poderles hacer perder el foco en la competición. Y seguramente tenga que ver con lo mismo que ocurrió en la aparición estelar de Suzanne Lenglen: que el público se revolucione al ver algo ‘fuera de lo normal’. La ruptura del blanco impoluto, la ruptura de la ‘pureza’. Exactamente lo mismo de lo que nos hablaba Match Point. Esa pala de ping-pong roja tampoco era casualidad.

Fotografía | Samuel J. Hood | Edward Steichen | Getty Images | Tropical Press Agency

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