Tarantino, sigues molando

Sobre el cine de Quentin

Si nos ponemos a contar las referencias de raperos, en este caso españoles (porque no sé inglés), sobre el cine de Tarantino en sus inconformistas y gansteriles letras, se podría hacer un artículo realmente curioso y vagamente interesante. Aunque no es esa la cuestión.

Oleadas de espectadores asistieron al estreno de Los odiosos ocho hace un lustro, y no es para menos. Quentin Tarantino ha sido algo así como un “maestro online” para los cineastas de la última generación. Muchos le aman y otros tantos le odian, pero ambos grupos se conocen al dedillo su filmografía. Los que le idolatran dirán que “lo ha vuelto a hacer ¡otra obra maestra!”, y los que no le pasan ni una le abuchearán. 

Yo no me identifico con ninguno de los grupos mencionados antes porque, al igual que me quedo con cara de seta cuando veo algo que no me gusta, y tras un bufido digo: “Tarantino antes molabas”; lo flipo cuando veo esa chispa de humor negro suyo tan característico, esos diálogos tan elaborados, y esa habilidad para contarnos una historia en un espacio tan reducido sin necesidad de aburrir o redundar en aspectos visuales ni valerse en un espectáculo de sangre falsa para rellenar escenas y guion. Todo tiene su momento y, en esta ocasión, Tarantino mide el tiempo de una forma milimétrica para que todo cuadre.

Pero no es oro todo lo que reluce. La penúltima película de Tarantino no es perfecta y puede pecar en algunos aspectos, quizás más achacables al guión que a la dirección, tal como un narrador omnisciente que aparece por arte de magia. Pero este, o cualquier otro posible fallo o metedura de pata, se me olvida al recordar el momento en el que aparece en pantalla, justo antes del título de la película, “The 8th Film by Quentin Tarantino” (La octava película de Quentin Tarantino), y pienso que aún sigue siendo un chaval de veinte años que solo quiere que su nombre quede grabado en los libros de historia junto al de sus ídolos.

Fotografía | Thore Siebrands

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