Recuerdos navideños con Txetxu Rojo
El gran José Luis Borau siempre contaba que todas las nochebuenas se leía Cuento de Navidad, de Dickens, y que esa era una tradición que le hacía viajar directamente a su infancia. Que no sabía si le gustaba más el relato o toda la liturgia que había ido creando cada año para trasladarse en el tiempo y regresar a sus mocedades con esta particularísima lectura que se había impuesto desde crío. Acabar de cenar, abrir los regalos y sentarse en su desvencijada silla de leer de toda la vida, a la vera del árbol y de la chimenea. De repente ahí estaba él, hijo único de unos padres mayores, durante las vacaciones de invierno de los escolapios y en su casa de Zaragoza. Un lugar de dónde, con el tiempo, fueron desapareciendo todos los suyos. Con los años, Borau le había ido añadiendo a esta costumbre o viaje alucinante, una buena copa de brandy y algo de música, sustitutivo de los tarareos de su madre, siempre liada con la cena, y de un padre que le invitó a probar tan singular como exquisito digestivo en las navidades de sus 13 años. Me pega que el aroma y sabor de un Winston Churchill de Romeo y Julieta o un Lusitania de Partagás también se sumaron a esa liturgia para rememorar esa época pretérita que ya nunca regresaría. Porque la Navidad funciona como un resorte que te permite volver a esos lugares solipsistas de pura ilusión.
Pienso que hay pocas cosas más chulas y tristes por estas fechas que sumergirse en Los muertos de James Joyce o ver la adaptación para cine que hizo un anciano y lúcido John Huston y que tituló Dublineses. Es el testamento emocional de un tipejo para muchos deleznable y asilvestrado que, a menudo, sólo desplegaba toda su humanidad en los relatos, imágenes y momentos de algunas de sus películas. Tampoco está mal ver otra joyita del tirón, esa oda a los sueños y la fantasía infantil que es Fanny y Alexander, del mágico Ingmar Bergman. Y es que las navidades son ilusionantes para los críos y pura melancolía para los mayores, la voluntad de recrear aquellos días, gentes y vigores de esa época infantil en que se tenían sueños.
Hubo un tiempo en el que todos los niños de Vizcaya soñaban con que los Reyes Magos o el Olentzero les trajera una camiseta con el 11 del Athletic, la zamarra de Txetxu Rojo. El rápido extremo que centraba como los ángeles y las ponía medidas. Ha llovido mucho desde entonces o muy poco, todo es relativo, pero a esos infantes de los 70 y 80, a los futboleros de siempre, la pérdida de ese fenómeno rojiblanco les hizo viajar hasta su infancia porque Rojo I, un indómito con aspecto yeyé y clase a raudales, fue santo y seña del Athletic más divertido y desenfadado de los que se recuerdan. El heredero natural de Piru Gainza, zurdo total, bravo, noble, y buenísimo, ganó dos Copas que pudieron ser cuatro en sus 17 temporadas como estilete por la banda izquierda. También pudo llevarse la liga 69-70, pero la perdieron los leones en una última jornada fatídica en la que le expulsaron junto a su guardaespaldas de toda la vida, Eneko Arieta. Ese que le partió la cara al cordobés Simonet por zurrar a Txetxu el día de su debút en El Arcángel. Era un día lluvioso y tras un par de regates del juvenil extremo, el zaguero verdiblanco le dijo a Rojo que si lo volvía a hacer le pegaría. El veterano Arieta se acercó y le espetó al defensa “Al chaval, ni le toques”. En la siguiente jugada, Simonet se lanzó con maldad hacia Txetxu y Arieta no lo dudó, le calzó un puñetazo al defensor y se marchó a las duchas sin esperar a que el árbitro le expulsara. Esa es una historia que me sé de memoria porque mi padre fue un eterno hincha del Athletic y Rojo, junto al grandioso Iribar, uno de sus favoritos. Nos la contó mil veces cuando mi hermano y yo flipábamos con la Real del 82 y él nos decía que al nuevo Athletic le faltaba un líder en el campo como Txetxu y escuderos como Arieta (que pusieran el pecho en la bala).
Todos hemos conocido a Txetxus y Chechus, está mi adorado Jesús María Velázquez, el Espadachín de Poniente; estaba Chechu, que era hermano de Félix y de Gonzalo, hijo de Luchi y de Gonzalo y que vivían en una preciosa casa frente al Mediterráneo, al Mare Nostrum, cuando yo era pequeño. Ir a verlos era como acudir al país de las maravillas porque tenían de todo y eran tan cafres como quien les escribe sino más. También he conocido a Chechus a los que no les pegaba el nombre con el aspecto y también estuvo Txetxu o Chechu Biriukov, ese escolta hijo de niña de la guerra que llegó en el 85 al Real Madrid con una leyenda brutal de entrenamientos y excéntricas maneras de criarse en la Unión Soviética. Me acuerdo que se decía que lo tuvieron interno sin ver a su familia durante años y años solo tirando a canasta. Una metodología bolchevique aunque fue recuperar la nacionalidad española y, a pesar de ser muy bueno, fallaba tanto como los que se habían formado de manera más relajada y con veraneos en la playa o en el pueblo y baños en el río.
El 23 de diciembre de 2022 murió el primer Txetxu del que oí hablar en mi vida, Rojo I. Recuerdo un reportaje de TVE el día que se retiró. Cómo se iba al vestuario y se quitaba físicamente las botas. Ya no era un niño y parecía que se quitaba un importante peso de encima. Mi padre me decía que lo iban a echar muchísimo en falta porque se iba un fenómeno y un señor. Era el inicio de una vida que se apagó. Se marchó un grande y solo queda el Txopo entre los verdaderamente sobresalientes y especiales de esa generación: José Ángel Iribar. El último Dios en la tierra porque sí, están Iñaki Sáez, Clemente, Ángel María Villar, incluso Dani a caballo entre dos épocas y épicas, pero no se les puede comparar. Se fue toda una leyenda, un mito, a los 75 años. Se ha ido en Navidad, una época de remembranza y eso está bien. Es bueno recordar a aquellos que forjaron nuestra educación sentimental, rememorar esos instantes concretos para apreciarlos, quizás más que entonces. Porque nada se aprecia tanto como lo que se perdió y, además, puede que eso sea lo único que verdaderamente importa en la vida, esos momentos, porque serán los que nos llevaremos al otro barrio ¿Quién sabe? Sin duda no hay nada más triste que la segunda muerte de los muertos, el olvido, y quizás estas fechas son para que no desaparezcan definitivamente. Feliz Navidad.

