H2

Es una extraña sensación. Ir caminando por calles completamente desiertas, con un silencio mudo a tu alrededor cuando tan sólo unos minutos antes la algarabía y el caos del bazar de Hebrón te saturaba todos los sentidos. Es una sensación extraña la que te invade cuando atraviesas el checkpoint guardado por varios militares israelíes que apenas superan la veintena de castañas y te sumerges en el submundo que es la zona H2 de Hebrón. La zona de los colonos judíos. La zona de la ciudad que, hace años, antes de que estallase todo el conflicto palestino-isrealí, era precisamente el centro neurálgico y corazón histórico de la misma. Todavía se pueden ver los techados metálicos verdes que antiguamente daban sombra a cada puestillo de especias, cacerolas o verduras. Ahora el bazar se ha movido al área que comprende la H1, la zona árabe, y lo que queda en el H2 son esos mismos techados cubiertos por el óxido. De repente, a lo lejos, en mitad del silencio sepulcral se oye un ruido. Me asusto. No es para menos estando donde estoy. A lo lejos veo la causa del mismo: una pareja de colonos israelíes que arrastra por la calle desierta donde me encuentro una maleta voluminosa. Las ruedas de plástico resuenan ensordecedoras en el vacío. Es curioso cómo vive esta gente, pienso para mis adentros, unos 850 colonos protegidos por más de 600 soldados. Una vida elegida. Una vida en el corazón mismo del enemigo.

Guardias-Hebrón-H2

-You! Nuevamente me asusto. Me giro y hay una especie de madelman armado hasta los dientes con gafas de sol discotequeras y churretes de sudor que recorren su cara al frente de un grupo de 10 soldados igualmente equipados que me está hablando de malos modos. Que qué hago yo ahí, pregunta. Le respondo que estoy haciendo unas fotos, que me han dado permiso los soldados de dos calle atrás. Me mira como si estuviese loco antes de soltarme que salga de allí, que esa no es un área para hacer turismo y que tan sólo hace dos días se han producido varios tiroteos en esa zona. Como ya he hecho unas cuantas fotografías y no tengo ganas de tentar a mi suerte con el madelman, decido irme. Mientras me voy no puedo dejar de fijarme en un par de críos que me miran desde un enrejado que hace las veces de terraza en una vivienda. Su cara es una mezcla de varias expresiones, aunque ninguna me parece buena. Me alejo hacia el checkpoint por donde he entrado mientras me siguen mirando en la lejanía. La vida en el H2 de Hebrón.

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